El Mañana

martes, 23 de abril de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

La abuelita de México

16 febrero, 2019

Don Fredesvindo hipotecó su casa para pagar una deuda de juego. Se llegó la fecha del vencimiento y no tuvo con qué cubrir la garantía. Su acreedor, hombre joven y apuesto, le dijo: “Su hija Lilibel siempre me ha gustado. Si me permite usted pasar una noche con ella la deuda quedará saldada”. Don Fredesvindo se resistía a someter a su hija a un destino peor que la muerte, pero terminó pidiéndole que lo ayudara a salvar la casa, pues estaba en buenas condiciones -la casa, no ella- y tenía tres recámaras con baño. Lilibel aceptó, llorosa y tribulada, y así, gemebunda y compungida, entregó su doncellez al sórdido galán. Con eso quedó liquidada la deuda hipotecaria. Al día siguiente la muchacha le preguntó a su desolado padre: “¿De casualidad no pesa sobre la finca una segunda hipoteca?”… Conozco a mi querido amigo Armando Javier Guerra desde los tiempos de la juventud, cuando a él le decían “El Chino” y a mí “El Flaco”. Esos originales remoquetes obedecían a la profusa cabellera ensortijada que él tenía y a la escualidez de alambre que tenía yo. Ahora él luce una prócera calvicie de senador romano y yo una jocunda panza de canónigo feliz, pues he cumplido ad pedem litterae la incitación goliarda: “Bebamos, comamos, pongámonos gordos; / y a lo que nos digan hagámonos sordos”. Mi tocayo, extraordinario promotor cultural, tuvo la fortuna de tratar de cerca a doña Sara García, “La abuelita de México”, gran señora y gran actriz. Me cuenta que una vez le preguntó: “¿Cómo está, Sarita?”. Respondió ella: “Pues mira, hijo. Se me está cayendo el pelo. Me duele continuamente la cabeza. Ya casi no oigo. Me estoy quedando ciega. Padezco sinusitis. Perdí ya todos los dientes. Sufro de faringitis, laringitis, esofagitis, bronquitis y gastritis. Mi corazón, dice el cardiólogo, está a punto de estallar. Tengo los pulmones colapsados. Mi estómago ya no tolera el alimento. Le vejiga se me cayó. Las reumas y la ciática me están matando, lo mismo que la artritis. Las rodillas las tengo hechas pedazos. Las piernas ya no me pueden sostener. Mis pies son una ruina”. Suspiró pesarosa doña Sara y dijo luego: “Pero fuera de eso estoy muy bien”. Persona maravillosa fue ella, inolvidable. Igual puedo decir de mi tío Felipe, que lleno de años ya, y de achaques, solía declarar con galanura: “Mi cuerpo está viejo y enfermo; yo no”. Viene todo eso a cuento por el controvertido asunto de las estancias infantiles y por la disposición oficial que llama a las abuelitas y los abuelitos a cuidar a sus nietecitos y sus nietecitas, en vez de que éstos sean atendidos por personal especializado. Desde luego hay evidencias de irregularidades en el funcionamiento de algunas de esas guarderías, pero al parecer todas han sido pasadas por el mismo rasero, y muchos justos están pagando por los pecadores. No estaría de más una revisión del caso… En mala compañía está el que bebe solo. Así bebía, solitario y triste, un individuo en la barra del lobby bar de aquel hotel de Las Vegas en el cual se celebraba la Décima Convención Anual de Convencionistas Anuales. El compasivo barman le preguntó al sujeto: “¿Qué le sucede, amigo? ¿Por qué tan triste?”. Pidió otra copa de tequila el tipo y relató: “El primer día de la convención conocí aquí mismo a una hermosa dama. Nos gustamos de inmediato, y esa misma noche, después de algunas copas, hicimos el amor en su habitación. Jamás había engañado yo a mi esposa, ni ella a su marido. Arrepentidos, después de haber hecho lo que hicimos nos pusimos a llorar por el remordimiento. Y así hemos estado toda la semana: follando y llorando; follando y llorando…”… FIN.