El Mañana

lunes, 27 de enero de 2020

Miguel Rodríguez Sosa
Pasadizo Secreto Miguel Rodríguez Sosa

La alberca Kmqro

20 noviembre, 2019

Aún no eran las doce del mediodía en Nuevo Laredo, y ya
traía puesto el “short”, pues la familia entera había planeado ese sábado
caluroso acudir al Parque Viveros junto al río, por lo mismo, aquel inquieto
niño ya estaba más que listo, pues no quería perderse ni un instante para
disfrutar, darse pues un buen chapuzón en la alberca Kmqro.

La madre de familia buscaba entre las sábanas y cobijas la
más viejita, la que pudiera servirle en el parque, en una bolsa del mandado, de
esas que guardaba de la Supertienda Santos, acomodaba y con cuidado la comida
que disfrutarían en su deseado descanso.

Las vestimentas de todos no tendrían que ser muy
seleccionadas, bastaba con portar un buen pantalón, una buena falda, aunque
éstas estuvieran desgastadas, gorras y sombreros no podrían faltar en esa otra
bolsa que el padre cargaba.

A dos cuadras de distancia pasaba el Cinco Colonias, ese que
los llevaría hasta la mera entrada de ese enorme lugar recreativo, sólo los
adultos pagaban boleto completo, los niños a mitad de precio, al bebé de brazos
no le cobraban nada, aquel inquieto niño el lado de la ventana luego luego
agarraba.

El viaje era eterno, parecía que nunca ese camión a su
destino llegaba, mas sin embargo, el señor de la armónica que no se le veía la
cara por el enorme sombrero que portaba, aligeraba con su melodiosa música el
camino.

A lo lejos, frondosos y enormes árboles anunciaban que ya se
estaba cerca para bajar y entrar a ese emocionante lugar.

A la cuenta de tres y tomados de las manos, aquella familia
de una forma presurosa cruzaba la calle, al final casi corrían para alcanzar el
otro extremo de la banqueta y sentirse felices al tener de frente a ese
emblemático parque; pero la mirada de todos se centraba, en ese elevado
monumento ubicado en el centro de esa rotonda rodeado de una gruesa cadena.

Una vieja carreta jalada por un flaco caballo les
interrumpía el paso, el señor amablemente les cedía el cruce, y de una forma
caballerosa, se despojaba de su sombrero brindándoles aparte del saludo, los
buenos días.

Al abandonar a esa aún silenciosa ciudad de Nuevo Laredo, se
penetraba de inmediato en el ruido, se percibía la algarabía de muchos
chiquitines que gustosos brincaban, corrían, pasearse en sus bicicletas era el
sello distintivo de ese Parque Viveros.

Tres pesos por persona era el costo para ingresar al agua, y
después de un breve chequeo y preguntas sobre tu salud, de la boletera, la
orden era de inmediato pasar a las regaderas para bañarse antes de ingresar a
la alberca.

A un lado de ese arbusto se tendía la sábana, los lonches
embarrados tan sólo de aguacate ya estaban preparados, al bebé se le acomodaba
en donde le diera menos el sol, el ya vacío garrafón de leche Borden no se
tiraba, pues servía para rellenarlo con esa rica agua de limón.

Este era el Nuevo Laredo que emergía en la década de los
años sesenta, setenta, ese era el tipo de gente que habitaba esta frontera,
estas eran sus costumbres, ¿así lo recuerda usted?