El Mañana

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

La alberca

8 noviembre, 2019

Nadie con un adarme de moralidad debería posar
los ojos en el sicalíptico relato que descorre hoy el telón de esta
columnejilla. Lo leyó doña Tebaida Tridua, presidenta ad vitam interina de la
Pía Sociedad de Sociedades Pías, y al punto le brotaron en ambos hemisferios de
su profuso tafanario unas excrecencias como de mandril que hubieron de serle
tratadas con emplastos de hirundinaria o celidonia. La ilustre dama estuvo dos
semanas sin poder sentarse. Quienes quieran evitar un contratiempo semejante,
sáltense en la lectura hasta donde dice: “No dejo de notar un cierto dejo de
hipocresía…” etcétera… Y a todo esto, ¿qué es un adarme? Es una antigua
medida de peso que equivale a 17 gramos aproximadamente. La palabra se usa en
la actualidad para aludir a una porción mínima de algo. Pero vayamos al vitando
cuento arriba mencionado. Helo aquí… Un automovilista iba por cierta alejada
carretera y vio a un pobre campesino que bajo el ardiente sol pedía aventón a
los escasos conductores que por ahí pasaban. Detuvo su vehículo e invitó al
hombre a subir. Lo hizo el campesino, pero una vez dentro del coche desenfundó
un filosísimo machete y lo puso en el cuello del espantado viajero al tiempo
que le ordenaba, amenazante: “¡Hágase una casacaroleta!”. Uso ese término
plebeo como eufemismo para designar la acción de masturbarse. A pesar del susto
obedeció el automovilista. Cumplida la orden del sujeto éste volvió a demandar:
“¡Otra!”. Es de imaginarse el esfuerzo que tuvo que hacer el viajero para
atender este segundo requerimiento del hombre del machete. No acabaron ahí sus
fatigas. Por vez tercera el individuo le exigió: “¡Otra más!”. Y por tercera
vez el infeliz se vio obligado a someterse a la inhumana imposición. Con eso
quedó derrengado, laso, agotado, feble, exánime, sin fuerza alguna ya. Al verlo
así el campesino enfundó su machete y llamó con un grito: “Macarina!”. De atrás
de los arbustos salió una lindísima zagala, muchacha de agraciado rostro y
esculturales formas capaces de suscitar los ímpetus de másculo de un venerable
anacoreta. El campesino, entonces, le dijo con voz de ruego al exhausto
automovilista: “Ahora sí, señor: ¿sería usted tan amable de llevar a mi
hermanita al próximo pueblo?”… No dejo de notar un cierto dejo de hipocresía,
quizás involuntaria, en el ofrecimiento que hace Trump de ayudar a México en la
lucha contra el narcotráfico. Lo digo porque sucede que los Estados Unidos son
el causante principal de ese grave problema que tiene asolado a nuestro país.
Principal consumidor de drogas en el mundo, el vecino que tenemos al norte
debería combatirlas en su territorio antes de ofrecer apoyo al nuestro para
enfrentar a quienes aquí las producen y distribuyen. Los policías
norteamericanos arrestan a los vendedores callejeros de la droga, pero ¿se ha
sabido de la detención allá de algún gran traficante? Sin las armas que les
venden “al otro lado”, además, los delincuentes que imponen acá su fuerza sobre
la del Estado serían maleantes de poca monta: rateros de vecindad, asaltantes
con navaja o carteristas de autobús. Aquí viene a la mente la manida frase:
México es el trampolín de la droga, pero los Estados Unidos son la alberca.
Asómese a esa alberca el presidente Trump antes de ofrecer ayuda para remediar
el trampolín… Lord Feebledick llegó a su finca rural en horas de la
madrugada, pues había andado de travieso en Londres. Le ordenó a su mayordomo:
“James: vaya usted a mi cuarto y revuelva las sábanas de mi cama para que mi
esposa crea que pasé la noche aquí”. “Lo haré, milord -respondió James-, pero
primero debo ir a revolver las sábanas de la cama de milady”… FIN.