El Mañana

martes, 12 de noviembre de 2019

Miguel Rodríguez Sosa
Pasadizo Secreto Miguel Rodríguez Sosa

La ‘fórmula’ 13

16 octubre, 2019

En una desgastada bolsa, cargaba sus documentos personales, tomando a su vástago de la mano se apresuraba a salir a la calle, en el camino el niño ingenuamente a su mamá preguntaba una y otra vez que si con esa fórmula ya iba a poder cruzar pa’l otro lado, ante esa insistente y repetitiva pregunta, la madre lo corregía, es la forma 13 hijo, no la “fórmula” 13.

El propósito era tomarse una fotografía, para eso del Centro de la ciudad de Nuevo Laredo tomaba por la González al poniente, ahí preguntaba a la gente en dónde quedaba la fotografía “Carrillo”, la que le habían recomendado por ser más barata, después al dar vuelta ahí la encontraba.

A pregunta del fotógrafo, le pedía foto de frente casi a medio cuerpo que incluyera al niño, juntos deberían de salir pues así era el requisito, cumplido esto, regresar a la oficina de trámite, después y cargando ese cartoncito con información personal y fotografía, se dirigían al puente internacional para obtener el permiso.

En esas oficinas de migración americana, ahí se entraba como a otra dimensión, los oficiales hablaban otro idioma, eran muy altos y güeros, no se despegaban de unos “water cooler” por el tremendo calor, de una forma enérgica te pedían que pasaras.

Este sello es su visa, desde este momento son ustedes bienvenidos a Estados Unidos de Norteamérica, indicaba el oficial, en un mes le llega su “mica”, la que aquí mismo con nosotros podrá recoger, adelante, ya puede usted pasar.

Apenas y cruzaban a Laredo, Texas, la madre y el niño se adentraban y de inmediato a la tienda “Santos”, para mitigar el calorón, un refresco de bote y unos fritos era el principal alimento.

Y para llevar a Nuevo Laredo, tres barras de pan blanco por un dólar, un frasco de mayonesa, el paquete de cuatro barras de mantequilla, tres paquetes de manteca Lard, de aquella madre de familia, era lo indispensable.

Después, unas cuadras hacia adelante, la tienda McLellans te esperaba, pues era como entrar a Navidad en pleno verano; apenas y a ella se ingresaba, y el olor a café, bisquetes y tocino era esa invitación no para comer, sino para dar cuenta de los veteranos de la guerra ahí sentados, los que juntos trasladaban entre ellos mismos y a voz fuerte sus arriesgadas historias.

Una máquina registradora de metal, más grande que la señorita cajera, marcaba el costo de lo que se compraba, unos jabones para el baño, una que otra prenda en oferta y una pistolita del llanero solitario, sí esa que arrojaba balitas, esa que traía su cinto, esa misma que trajo el pequeño paseando en toda la tienda por ese desgastado, pero brillante piso de madera.

De regreso, ahí afuera de otra tienda el montarse en ese caballito mecánico era algo obligado, una peseta daba gusto sin igual, mientras la madre admiraba algunos otros artículos a través del ventanal.

Este era el Nuevo Laredo que emergía en la década de los años sesenta, setenta, ese era el tipo de gente que habitaba esta frontera, estas eran sus costumbres, ¿así lo recuerda usted?