El Mañana

sábado, 24 de agosto de 2019

Jorge Ramos Ávalos
Artículo Jorge Ramos Ávalos

La foto y el horror

2 julio, 2019

Basta una foto -la de un padre salvadoreño y su hija de 23 meses de edad, ahogados, en el río Bravo- para comprender el horror de lo que está pasando en la frontera entre México y Estados Unidos. No se trata de un extraño accidente, de un hecho desafortunado o de una excepción. No. Morir en esa frontera es lo normal.

De hecho, no es una foto, sino varias. El fotógrafo Abraham Pineda Jácome, de la agencia EFE, me contó en una entrevista que fueron cuatro los reporteros, incluyéndolo a él, los que encontraron los cuerpos de Óscar Alberto Martínez y de su hija Valeria en la orilla mexicana del río, la que da a Matamoros, Tamaulipas. Ambos aparecen boca abajo en el agua, con la niña sobre la espalda del papá, parcialmente dentro de su camiseta negra y con uno de sus bracitos abrazándole el cuello.

Varias fotografías de la tragedia, con pequeñas variaciones, han circulado masivamente en las redes sociales del mundo. Recuerdan la imagen del niño Aylan Kurdi, un refugiado sirio de 3 años de edad, que murió en las costas del Mediterráneo en el 2015.

El río Bravo/Grande es tan peligroso como el Mediterráneo para miles de refugiados e inmigrantes. No sabemos exactamente qué fue lo que le pasó a Óscar y a su hija en el río. Estaban con Tania, la esposa de Óscar y la madre de Valeria, con la intención de cruzar desde México hacia la orilla estadounidense. Pero lo que sí sabemos es que la corriente fue más fuerte y el padre y su hija murieron ahogados. Encontraron sus cadáveres después de varias horas de búsqueda.

Óscar, Tania y Valeria habían salido de El Salvador, como miles de centroamericanos, huyendo de la pobreza y la violencia. Y así llegaron a Matamoros, cerca de la frontera y con la esperanza de cruzar a Estados Unidos. Pero el proceso para solicitar el asilo político en Estados Unidos es tan lento e incierto que se desesperaron y un domingo decidieron cruzar el río. Ahí cambió su historia.

Nunca sabremos si Óscar y su familia tenían razones válidas -es decir, un miedo razonable y creíble de persecución- para solicitar asilo político en EU. El proceso está diseñado, precisamente, para complicarles las cosas a los emigrantes.

Estados Unidos sólo procesa unas decenas de aplicaciones por día en cada puerto de entrada. Y según el nuevo acuerdo entre los Gobiernos de Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador, los solicitantes tendrán que esperar por meses -o quizás años- en México para obtener una respuesta.

No maquillemos la noticia: México y Estados Unidos acordaron hacerles la vida imposible a los centroamericanos que buscan una vida mejor en el norte. Por eso muchos se ven orillados a arriesgar su vida cruzando ríos, desiertos y montañas. Y lo seguirán haciendo.

Inmigrantes de Honduras, Guatemala y El Salvador me han dicho que prefieren correr el riesgo de arresto y detención en Estados Unidos que quedarse en sus países de origen. Pero la muerte no debería ser el precio a pagar por ser un inmigrante.

Cada año cientos de Óscares y Valerias mueren en la frontera entre México y Estados Unidos. Escogen los caminos más peligrosos, donde no hay muro que los detenga, y perecen ahogados, perdidos o deshidratados. No hay fotos de ellos y, en muchos casos, ni registro. Sólo una pieza de ropa carcomida por el sol o un pedazo de papel mojado.

Lo que les ocurrió a Óscar y a Valeria es, desafortunadamente, lo normal. De octubre de 1997 a septiembre del 2018 la Patrulla Fronteriza ha registrado la muerte de 7 mil 505 inmigrantes, según publicó The New York Times. Esto significa que, en promedio, cada año mueren más de 350 en la frontera entre México y Estados Unidos.

Óscar y Valeria entrarán en la estadística del 2019. Pero su tragedia deja al descubierto un sistema multinacional que expulsa a los más vulnerables de sus países de origen y luego los empuja a tomar las rutas más peligrosas para tratar de entrar a Estados Unidos. El sistema está diseñado así.

El tema migratorio es sumamente complejo y polémico. Divide familias, gobiernos y países. Pero creo que todos podemos estar de acuerdo en que morir no debe ser una alternativa para una niña que aún no había cumplido los 2 años. Lo que a ella y a su papá les ocurrió es el horror.

opinion@elnorte.com