El Mañana

martes, 12 de noviembre de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Laberinto legal

17 octubre, 2019

Babalucas, el tonto mayor de la comarca, le hizo
una severa reclamación a su novia: “Me dicen que te han visto salir con todos
mis amigos”. “No seas tontito, mi amor! -lo tranquiliza la chica-. Mira:
contigo voy al cine, al teatro, al antro, al paseo, a todas partes. Con ellos
al único lado que voy es al Motel Kamawa”… Una guapa mujer llegó al
consultorio del doctor Duerf, eminente psiquiatra. Iba completamente nuda, es
decir, sin nada de ropa encima. “¡Ayúdeme por favor, doctor! -le suplicó llena
de angustia-. ¡Tengo un grave complejo de inferioridad! ¡Siento que todo el
mundo se me queda viendo!”… Solían decir los juristas romanos: Pessima
tempora plurimae leges. Eso significa algo así como: “Cuando los tiempos son
peores es cuando más leyes se hacen”. Dicho de otra manera: mientras peores son
los tiempos que se viven más leyes se dictan para hacerles frente. Yo tengo la
impresión de que en México hay demasiadas leyes, y una abundancia aún mayor de
reglamentos. Con ellos se topa el infeliz mortal que quiere invertir en un
negocio. Por pequeño que sea el empresario se ve de inmediato metido en un
laberinto de inacabables trámites; debe cumplir mil requisitos, pedir 2 mil
permisos, allanar 3 mil dificultades y -lo peor, todavía aunque se niegue- dar
4 mil moches, que es otro nombre que recibe la mordida. La legislación mexicana
parece estar hecha con el deliberado propósito de impedir la creación de nuevas
fuentes de trabajo. El empresario o inversionista es considerado enemigo del
pueblo; se le limita con toda suerte de restricciones, se le imponen estorbos
que a cualquiera desaniman. Abrir un negocio toma en Estados Unidos tres horas;
aquí en ocasiones pasan meses y las oficinas burocráticas ni siquiera han
acusado recibo todavía de las solicitudes presentadas. Los trámites que deben
hacerse ante la burocracia son complicados, y llegan a extremos en verdad
kafkianos. No podemos aspirar a ser verdaderamente un “milagro económico” si la
relación entre los ciudadanos y el gobierno sigue sujeta a la misma estructura
burocrática que los españoles nos trajeron hace cinco siglos (más o menos)…
Para agrandar un poco el menguado presupuesto familiar aquel pobre sujeto se
presentaba los fines de semana como luchador enmascarado con el nombre de El
Dragón Rojo. Un día lo contrataron para enfrentarse a El Espanto Negro,
terrible luchador, rudo también e igualmente enmascarado. La lucha sería
máscara contra máscara: el que perdiera se debería quitar la suya y dar a
conocer su identidad en público. Tras de luchar cerca de tres horas El Dragón
Rojo logró por fin vencer a su adversario. Sangrando, con dos costillas rotas,
cubierto todo el cuerpo de violáceos moretones, reunió sus últimos arrestos y
en un supremo esfuerzo logró poner la espalda de su rival contra la lona hasta
que el árbitro hizo el conteo final. Cuando El Espanto Negro, conforme a lo
acordado, se quitó la máscara El Dragón Rojo vio el rostro de su feroz enemigo
y exclamó con asombro: “¿Usted, suegra?”… Nalgarina Grandchichier, vedette de
moda, le comentó a una amiga: “Mañana me caso”. “¡Felicidades! -respondió la
amiga-. ¡Por primera vez vas a dormir con un marido propio!”… Un tipo le dijo
a otro: “Mi esposa me abandonó”. Propuso el otro: “Vamos a tu casa a ahogar tus
penas en vino”. Dijo el tipo: “No tengo”. “¿No tienes vino?”. “No. No tengo
pena”… Un invidente pedía limosna en la puerta de la iglesia. Llegó una
viejecita, y el hombre le dijo con doliente voz: “¡Una limosnita para este
pobre ciego que no puede disfrutar el don más grande de la vida!”. “¡Pobrecito!
-se condolió la anciana-. ¿A qué edad lo castraron?”… FIN.