El Mañana

sábado, 24 de agosto de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Las miríficas aguas

16 julio, 2019

“Cada vez que hagamos el amor deberás darme mil pesos”. Grande fue la sorpresa de don Chinguetas cuando su esposa, doña Macalota, le anunció tal cobro. Le preguntó, amoscado: “¿Por qué?”. Explicó ella: “Se me ocurrió esa forma de ahorrar”. A don Chinguetas no le pareció mala la idea. Pensó que cada mes tendrían 4 mil pesos ahorrados, pues el señor, igual que el periódico del pueblo, era semanario. Se sorprendió más, entonces, cuando en la caja donde su esposa guardaba ese dinero no vio al final del mes 4 mil pesos, sino 40 mil. Le explicó doña Macalota: “Hay quienes lo hacen con mayor frecuencia que tú”… Aquel hombre tuvo un extraño sueño. En él veía las pompas de su mujer, y en cada una de ellas inscrito un número 7. Compró, pues, un billete de lotería con terminación 77. El número premiado fue el 707… Doña Cacha Lotta, corpulenta dama, subió a la báscula del baño. Su marido, que andaba por ahí cerca, le preguntó: “¿Quién dijo: ‘¡Ah cabrón!’? ¿La báscula o tú?”… Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le pidió una vez más a Dulcibel, linda muchacha, la dación a título gratuito de su más íntimo tesoro: el de la doncellez. Esa torpe demanda del lúbrico galán exasperó a la recatada joven. Respondió con iracundia: “¿Cuántas veces te he dicho que no?”. “Perdóname, Dulcibel”, se disculpó Pitongo. “Ignoraba que debo llevar la cuenta”… Don Valetu di Nario, señor de edad madura, fue con el doctor Ken Hosanna y le confió su problema: había perdido por completo su ímpetu amoroso. El facultativo le entregó un pequeño frasco que contenía un centilitro de las miríficas aguas de Saltillo. “Son el más poderoso afrodisíaco que el mundo ha conocido-le informó-. Una sola gota basta para poner en aptitud erótica incluso a un monje cartujo de 100 años de edad. Pero tómelas con cuidado, pues tienen un efecto sumamente rápido”. Se fue el señor Di Nario muy contento. Habían pasado sólo unos minutos cuando sonó el celular del médico. “¡Doctor! -le dijo exultante don Valetu-. ¡Las miríficas aguas que me recetó son extraordinarias, fantásticas, sensacionales! ¡Me tomé unas cuantas gotas y el resultado fue inmediato!”. “¿De veras? -preguntó el facultativo algo sorprendido por la inusitada rapidez de los efectos-. “¡De veras! -confirmó el señor, feliz-. ¡Y si no me lo cree pregúntele a su recepcionista!”… El chascarrillo que ahora sigue es de color sumamente subido. Las personas que no gusten de leer chascarrillos de color sumamente subido deben saltarse en la lectura hasta donde dice FIN… El mayor Azgo, mílite de la vieja guardia, asistió a la tertulia que cada jueves hacía en su casa doña Panoplia de Altopedo, señora de buena sociedad. La anfitriona le pidió: “Relátenos alguna anécdota de su vida en los cuarteles”. Contestó el rudo soldado: “No puedo hacer tal cosa, mi señora. El lenguaje que uso es el del vivac, no el de la sociedad urbana, y temo lastimar los oídos de la concurrencia, en especial el de las damas”. “Cuente, cuente”, insistió doña Panoplia. “Si tiene que decir alguna palabra altisonante use en su lugar una metáfora. Todos entenderemos”. “Siendo así”, accedió el militar, “les contaré de la vez que estando en un hotel de pueblo vi por un agujerito en la pared que la mujer que ocupaba el cuarto adjunto se estaba desnudando. Tenía un cuerpo perfecto: enhiestos senos de hurí; cintura de sílfide; poderosa grupa de odalisca; muslos ebúrneos de náyade; torneadas piernas de nereida…”. (Nota: el militar del cuento había leído a don José María Vargas Vila). “Hermosa mujer”, comentó doña Panoplia. “Y ¿qué hizo usted, mayor?”. “Nada, señora mía”, suspiró el viejo militar. “Estarme ahí con la metáfora levantada”… FIN.