El Mañana

domingo, 22 de septiembre de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Libro lleno de malos ejemplos

18 agosto, 2019

Pompafina fue al parque a pasear a su perrita poodle. Ahí encontró a Libidiano, que también andaba con su perro. En otro tiempo ella y él habían tenido amores pasionales, y decidieron recordarlos aprovechando la cómplice protección de unos arbustos. Los caniches no pudieron menos que contemplar la ardiente coición de sus amos. La perrita, confusa, no sabía qué hacer: “No te apenes -la tranquilizó el perrito-. Lo único que hacen es obedecer su instinto”… Empédocles y Astatrasio, ebrios de profesión, se hallaban en la cantina, como siempre. Ese día les dio por hablar de sus respectivas vidas. Astatrasio le preguntó a Empédocles: “¿Por qué nunca te casaste?”. El otro suspiró. “Tuve una novia -dijo-. Cuando yo estaba borracho ella no quería casarse conmigo, y cuando estaba sobrio, yo no me quería casar con ella”… Leo con mucha precaución el Génesis, primer libro de la Biblia. Está lleno de malos ejemplos. Nos presenta la imagen de un dios cruel y vengativo, diestro en inventar castigos espantosos para sus criaturas, feroz deidad a la que se debe aplacar con sangrientos sacrificios, incluso el del propio hijo. Libros muy bellos tiene el Antiguo Testamento -los Salmos, el Eclesiastés, el Cantar de los Cantares-, pero este del Génesis parece escrito por un Stephen King de los primeros tiempos. Algunos de sus personajes me inspiran compasión. Entre ellos está Onán, el hombre más calumniado de todos los tiempos. Se le ha dado fama de masturbador. Su nombre ha sido infamado en palabras como onanismo y onanista, siendo que lo único que el pobre hacía era salirse de la mujer a quien no quería preñar, y verter fuera de ella su semilla. Digo todo esto como exordio para narrar la historia de Onanito, muchacho adolescente que -cosa muy natural a su edad- solía practicar el ejercicio llamado “placer solitario”, también muy difamado por moralistas y predicadores. La madre se enteró de lo que hacía su hijo, y con infundada alarma lo llevó ante un severo confesor, el padre Vonarola, que no tenía más luces que las que entraban por la ventana de su oficina. El dicho cura hizo sentar frente a él al asustado muchachillo, y al tiempo que bebía su taza de chocolate con piononos, sabrosos pastelillos, le informó que el llamado vicio solitario -tangere propria genitalia cum delectatione venerea- era nefando, vitando, abominable y detestable. Le advirtió que si persistía en él se quedaría ciego y, peor aún, le saldrían pelos en la palma de la mano, excrecencia pilosa que denunciaría su feo hábito al mundo. Onanito dijo para sí que le seguiría hasta necesitar anteojos, y que para evitar la tal denuncia usaría un depilatorio. De cualquier modo puso cara de compunción a fin de despistar al dómine. En eso entró el sacristán a avisarle al sacerdote que tenía una visita importante. Salió el prelado, y en su ausencia Onanito sintió una grave tentación. No fue la que por el curso del relato podría suponerse, no: al muchachillo le vino en gana probar uno de los piononos que estaba disfrutando su inquisidor. Tan rico le pareció el bizcocho que se comió otro, y otros más, de manera que cuando el padre Vonarola regresó a su oficina encontró la bandeja completamente vacía. “¡Ira de Dios! -clamó hecho una furia-. ¡Te comiste mis piononos, desgraciado!”. “Perdone usted, padre -se disculpó Onanito-. Caí en la tentación de comérmelos”. Rebufó el cura, iracundo: “¿Y por qué mejor no caíste en la tentación de tu vicio solitario, cabronsísimo?”… FIN.