El Mañana de Nuevo Laredo

Paloma Bello

Apuntes desde mi Casa

Paloma Bello

8 noviembre, 2020

Libros y modernidad



Debido a que mis hermanos y yo sentimos una extraña fascinación por el tema de la Segunda Guerra Mundial, eventualmente recurrimos a libros de historia, novelas, documentales y películas, al respecto.
Hará unos seis años, en un cine club de la ciudad de México, acudí a una función  de exclusiva concurrencia: únicamente una señora de evidente fisonomía hebrea, de unos ochenta y tantos años, su dama de compañía, y yo. Por lo tanto, procuramos proximidad a la hora de acomodarnos y eso me permitió escuchar algunos comentarios interesantes.
La cinta que nos reunió, vetada para su lanzamiento comercial en ese tiempo, fue Hanna Arendt. El  filme aborda el episodio de Arendt como enviada del periódico The New Yorker durante el juicio contra el criminal de guerra Adolf Eichmann, en Jerusalén, en 1961.
La filósofa alemana de origen judío, siguió de cerca el proceso con la severidad crítica de su posición como pensadora y llegó a la conclusión de que, finalmente, Eichmann era un hombrecillo gris que “actuó como un burócrata y ejecutó acciones que se le ordenaban, sin reflexionar”.
Sus razonamientos, a los que determinó como “banalidad del mal”, le costaron el repudio de amigos, conocidos y del pueblo israelita, y fueron publicados con el título  Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, del que se desprende la película mencionada.
Hace unas semanas, mi hermano me envió la versión electrónica del libro y en el momento la quise abrir en el teléfono móvil. Craso error. Imposible distinguir letra tan pequeña en tan pequeño aparato. Si le ampliaba el tamaño, se perdía el sentido de la oración porque automáticamente se quebraba. En definitiva, los teléfonos inteligentes son útiles para enterarse de las síntesis de una noticia, no para complacerse en una lectura sensata.
Intenté después en la computadora, con pantalla amplia. Tratándose de la réplica del libro original, el formato es el correcto y es legible. Pero no encontré el momento ni el tiempo disponible para sentarme frente a la máquina a realizar un acto que hasta ese instante, había sido de placer, acomodada en un sofá, junto a una taza de café, sin la aprensión de que se acabe la pila y sin la molestia de arrastrar un cable para enchufar.
Impedida de pasar y regresar las esquinas de las páginas sintiendo al tacto la textura del papel, o de utilizar los originales marcadores que me han sido obsequiados, o de reposar el ejemplar en el regazo mientras se toma el tiempo para analizar alguna frase, algún pensamiento, decidí abandonar la lectura electrónica y mandé el dispositivo de la memoria a una fotocopiadora para que imprimieran y engargolaran el libro, como Dios manda. El costo total del trabajo fue casi igual al de una edición formal de librería.
La duración efímera, tanto de los equipos electrónicos como de los sistemas, opera bruscos cambios en la mentalidad de quienes están creciendo con el uso de procedimientos cuyas técnicas debilitan el placer de la lectura. Y todo en el reducido espacio de un teléfono móvil, sin oportunidad de conseguir la concentración que se requiere para asimilar un argumento.
Cómo no van a balbucear en vez de hablar, las generaciones venideras. Cómo no van a dejar de razonar, cuando los planteamientos o son visuales con mensajes subliminales o son una fusión de ideogramas y jeroglíficos. Cuándo van a poder leer satisfactoriamente un texto cuyas palabras no sean suplidas con emoticones que vienen haciendo las veces de las pinturas rupestres, que el hombre de las cavernas utilizaba para  comunicarse con sus semejantes.
Existen grandes defensores de las publicaciones no tradicionales, que pretenden mayores alcances de difusión, pero con brevedad de complacencia para el lector y menor calidad de contenidos. Cada quien su generación y el desorden mental que implica la información telegráfica saturada de imágenes, lenguaje inadecuado y tiempo dedicado a su atención.
Sin afán de ofender a quienes les acomodan los llamados e-Books, coincido con el escritor irlandés James Joyce, que dijo “La vida es demasiado corta como para leer un libro malo”. Yo agregaría, “para leer un libro electrónico”.
Mérida, noviembre 8 de 2020.

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