El Mañana de Nuevo Laredo

Catón

De política y cosas peores

Catón

21 noviembre, 2020

Madre Patria



Amo a España. Ningún trabajo me cuesta decir eso. Para mí es lo mismo que decir: “Amo a mi madre”. Madre Patria, en efecto, es España para todos los que formamos parte de las “ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda” que dijo Rubén Darío. Soy hispanista, igual que lo fueron mis ilustres paisanos saltillenses don Artemio de Valle Arizpe, cronista de traviesa pluma, y Carlos Pereyra, insigne historiador que sufre injusto olvido a causa de la historiografía oficial. Por mis venas corren -más bien caminan ya- dos sangres: la española y la de nuestros antepasados aborígenes. De ninguno de esos dos linajes puedo renegar, pues eso haría de mí un hijo ingrato. Soy fruto del rico mestizaje que España propició en nuestra tierra con la generosidad que no tuvieron otras gentes, que establecieron colonias en el Nuevo Mundo mientras España fundaba reinos. Los nuevos pobladores de lo que es hoy Estados Unidos casi acabaron con los habitantes nativos; los españoles se fundieron con ellos, y dieron así origen a una nueva raza y a una nacionalidad nueva, la nuestra. Por eso es detestable la famosa “leyenda negra” de España, difundida para alejar de sus raíces a los pueblos latinos de América y ponerlos en manos de quienes al fin nos dominaron y nos tienen hasta ahora dominados. ¿Que se cometieron crímenes en el curso de la Conquista? En todas las guerras se han cometido. ¿Que hubo abusos en los 300 años que duró la mal llamada Colonia? Ninguna duda cabe. Pero como dice la certera frase: culpas fueron del tiempo y no de España… “Cuando mermó su riqueza / era su monomanía / pensar que pensar debía / en asentar la cabeza”. Lo mismo que pensó don Guido, el personaje de Machado, lo pensó el joven Evergelio. “Hijo mío -lo aleccionó su padre-, casarse no es asentar la cabeza: es haberla perdido”. Su madre le aconsejó que se buscara una buena esposa. “¿La de quién me recomiendas?”, preguntó Evergelio. El caso es que una tarde el muchacho le presentó a su mamá tres lindas chicas: una morena, una rubia y una pelirroja. Le dijo: “Con una de ellas me voy a casar. Tendrás que adivinar cuál es”. Al día siguiente le preguntó: “¿Adivinaste cuál de las tres chicas que te presenté será mi esposa?”. Sin vacilar contestó la señora: “La rubia”. En efecto, ella era la prometida de Evergelio. Preguntó él, asombrado: “¿Cómo supiste que es ella?”. Respondió la futura suegra: “Fue la que menos me gustó”… Un mes de casada tenía Susiflor cuando su marido le sugirió que probaran el sexo oral. Ella rechazó la sugerencia. Dijo: “Jamás he hecho eso”. Tras una pausa añadió recelosa: “A menos que hayas leído mi diario de soltera”… Cuatro amigos fueron de excursión al Cañón de la Huasteca, cerca de Monterrey, donde se elevan montañas majestuosas que fueron calificadas de “épicas” por Manuel José Othón. Ahí los altos muros de roca favorecen el fenómeno acústico conocido popularmente (impopularmente no sé cómo se le conoce) como eco. Gritó uno de los regiomontanos: “¡Soy García!”. Repitió el eco: “García, García, García”. Gritó el segundo: “¡Yo soy Garza!”. Y el eco: “Garza, Garza, Garza…”. Profirió el tercero: “¡Soy Treviño!”. Resonó el eco: “Treviño, Treviño, Treviño…”. Gritó el cuarto: “¡Soy Valdovinos!”. Dijo el eco: “Tú no eres de aquí, ¿verdá, pelao?”… Don Severino Calvínez dictó una conferencia sobre la decadencia de las costumbres en nuestra época. Dijo: “Acabo de ver una serie llena de toda clase de inmoralidades: adulterios, amancebamientos, actos sexuales entre hombre y mujer, entre hombre y hombre, entre mujer y mujer. ¡Pornografía, señoras y señores! ¡Pornografía pura! Así andan nuestros tiempos. ¿Alguna pregunta?”. Diez manos se levantaron: “¿Cómo se llama esa serie y en qué plataforma está?”… FIN.

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