El Mañana

sábado, 24 de agosto de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Maestro en lenguas

9 agosto, 2019

“Esta noche no -dijo la excepción-. Tengo la regla”… Babalucas era empleado de una tienda de mascotas. Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, llegó a comprar un perro. Babalucas le mostró uno y encomió las cualidades del caniche: “Es muy mansito, muy obediente y dócil”. Preguntó la copetuda mujer: “¿Y de pedigrí?”. Respondió Babalucas: “De eso no se preocupe. El animalito no bebe ni una copa”… La robusta señora le dijo a su marido: “¿Oíste? Ahora que salimos a correr nos aplaudían a nuestro paso”. “No eran aplausos -la corrigió el señor-. Eran tus pompas”… Don Añilio y don Geroncio, caballeros de madura edad, les avisaron a sus cónyuges: “No cuenten con nosotros esta noche. Iremos al teatro de burlesque. Unas hermosas hawaianas van a bailar la danza de la fertilidad”. Comentó una de las señoras: “Para ustedes ya es más bien la danza de la futilidad”…Un tipo le contó a otro: “Mi esposa se fue con mi mejor amigo”. “¿Cómo dices eso? -se quejó el otro-. Siempre me he considerado tu mejor amigo”. “Ahora ocupas el segundo lugar -replicó el tipo-. No sé con quién se fue mi mujer, pero ese hombre, sea quien sea, es ahora mi mejor amigo”… Un extranjero llegó a la tienda de abarrotes y le pidió al dependiente: “Eo u ito e leche”. El muchacho no entendió y llamó al dueño. Ante él repitió el hombre: “Eo u ito e leche”. Tampoco el tendero entendió. Cerca vivía el profesor Esperantio, maestro en lenguas, sabio políglota y hombre de inteligencia luminosa. El abarrotero lo hizo venir y le pidió que tradujera lo que decía el cliente. Repitió éste: “Eo u ito e leche”. Tradujo el sapientísimo señor: “Dice que quiere un litro, pero no sé de qué”… Don Martiriano, el sufrido esposo de doña Jodoncia, les contó a sus amigos: “Mi hora favorita es la hora de la siesta”. “Perdona -intervino uno-. Siempre nos has dicho que nunca duermes siesta”. Repuso don Martiriano: “Yo no, pero mi esposa sí”… Un hombre vestido todo de negro y con los brazos en alto se presentó ante el doctor Duerf, célebre analista, y le dijo: “Creo que soy un paraguas. Sólo eso le diré acerca de mi problema”. “Señor mío -respondió el Psiquiatra-. Si quiere usted que lo ayude tendrá que abrirse”… Aquel sujeto llegó al otro mundo y San Pedro lo mandó al infierno. “¿Por qué? -se enojó el hombre-. Estoy viendo el informe de mi vida y dice: ‘Obró bien’”. “No es el informe de tu vida -lo corrigió el apóstol-. Es el reporte de tu último día en el hospital”… En la noche de bodas la ingenua recién casada se desconsoló al ver el estado en que había quedado la entrepierna de su maridito después del primer acto de amor. Se alegró, sin embargo, cuando 15 minutos después el novio se puso nuevamente en aptitud de amar. “¡Fantástico! -exclamó la desposada, jubilosa-. ¡Es reciclable!”… El conductor del automóvil iba distraído. Tal distracción fue causa de que perdiera el control del vehículo y fuera a chocar de frente contra un árbol. Un oficial de tránsito llegó a la escena del accidente en el momento en que el sujeto volvía en sí después del encontronazo. Le informó: “A usted le fue bien, joven. Traía puesto el cinturón de seguridad y no le pasó nada. Su novia, en cambio, no lo traía puesto, y con el choque salió disparada del coche”. Dijo el tipo con lamentosa voz: “Tampoco a mí me fue tan bien. ¿Ya se fijó lo que ella tiene en la mano?”… Don Wormilio era un hombrecito insignificante y tímido. Cierto día un amigo fue a visitarlo en su casa y se espantó al ver en la sala un espectáculo insólito: don Wormilio había instalado ahí un enorme acuario en el que nadaba un gigantesco y feroz tiburón de amenazantes fauces. El visitante preguntó asombrado: “¿Por qué tienes aquí ese tiburón?”. Explicó el pequeño señor: “Es que mi esposa me abandonó, y compré ese tiburón para no extrañarla tanto”… FIN.