El Mañana

domingo, 08 de diciembre de 2019

Miguel Rodríguez Sosa
Pasadizo Secreto Miguel Rodríguez Sosa

Marcando su territorio

16 enero, 2019

Apenas amanecía, y la directa asignación de actividades por parte de la “jefa” de familia era ese algo que nadie en el hogar se podría salvar, así, la instrucción para los niños y niñas más pequeñas era el tender sus camas, poner la ropa sucia en el cesto, para las jovencitas la tarea era casi similar a la de la madre: barrer, trapear, sacudir, mas sin embargo a estas señoritas para que nadie las molestara o les volvieran a ensuciar, se apresuraban marcando su territorio.
Al no querer y por ningún motivo que nadie las interrumpiera, al ser su deseo el terminar rápido esa tediosa labor, y en caso de que eso se diera, la queja iba directamente a la mamá, en consecuencia, el reclamo, la indicación por parte de la madre de dirigirse a jugar al patio no era una súplica, sino más bien para esos traviesos niños una enérgica, visual y verbal orden.
Así y escuchando la música romántica en la radio, comenzaba esa faena de ordenar, entonces e imitando a la madre, la sala cambiaba nuevamente de lugar, la mesita de centro del rincón a su antiguo sitio otra vez volvía a regresar, a las cortinas tan sólo una sacudida, la televisión por grande y pesada recibida de la jovencita ese inmerecido indulto.
Apenas y daban las doce del mediodía, con esa puntualidad se marcaba la llegada del tío al hogar, el olor a comida “movía” a ese flojo familiar, aprovechando que vio salir a la jefa a algún mandado, un vasito de agua pedía a la sobrina ocupada, complaciéndolo el ingrato todavía agregaba, que sea de limón y con hielos; y ya para irme, no me regalas un taquito, y ante esa mágica palabra, la jovencita y por tal de que se fuera con rapidez complacía su pedido.
Después de ese trance, la mirada estaba más que puesta sobre esa tina llena de agua y el trapeador, la puerta se abría, la tela cerrada y la cortina de la misma hacia un lado corrida, la música de la radio traspasaba las paredes, los vecinos casi adivinaban esas labores continuas, al final los pisos deslumbraban de limpios y aromáticos.
Terminada esa responsabilidad, por supuesto que la armonía entre hija y madre volvía a la normalidad, entonces la plática, la enseñanza de cómo tejer, la ropa coser, el saber cómo ser en la vida una gran mujer, pasaba entre palabra y palabra, entre charlas ahí sentadas, juntas en el patio o galería, en ese par de cómodas mecedoras.
Es increíble cómo la interacción en un hogar, la comunicación personal, ambas transfieren esa energía mutua entre los familiares, entonces, es una lástima que hoy en día, esas actitudes, esas costumbres ya no sean tomadas muy en cuenta, al estar siendo relegadas, desplazadas por nuevos métodos, sí muy modernos, sí muy completos, pero que desafortunadamente están logrando, permitiendo ese claro alejamiento de esa verdadera y directa comunicación e interacción personal.