El Mañana de Nuevo Laredo

Gerardo Villegas Rodríguez

Pleroma Zero

Gerardo Villegas Rodríguez

15 septiembre, 2020

Michèle Albán, la musa discreta



“¡Mientras hay vida ¡viva la vida y felicidad!”
M.A.
Durante la segunda parte del siglo veinte, una vez finalizadas la revolución y la guerra cristera, México encontró en el modelo económico denominado, el milagro mexicano, una posibilidad de encontrar estabilidad para lograr un crecimiento sostenido.
Este desarrollo estabilizador, implantado en 1940, fue la herramienta fundamental para buscar la consolidación de un país moderno e industrializado que pudiera competir con las potencias económicas de su tiempo.
El periodo en el que se manejó este modelo en la economía nacional abarcó los mandatos de Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz, de tal suerte que de 1956 a 1976, la economía mexicana dio un dramático golpe de timón creciendo hacia adentro, vía la sustitución de importaciones, por lo que el país debía producir lo que consumía.
Asimismo, el fortalecimiento de la clase media, la creación y consolidación de instituciones educativas y de salud, así como el impulso a la cultura como parte de la política de Estado, fueron ejes fundamentales del ideario de un México que pretendía ascender un escalón en el concierto mundial de las naciones que aún se recuperaban de la segunda guerra mundial y padecían la Guerra fría. Es en este contexto que, todas las disciplinas artísticas y la literatura de este periodo se vieron fortalecidas por grandes subsidios estatales cuyo objetivo era pretender esculpir una nueva identidad mexicana basada en la exaltación de su historia prehispánica, orgullosamente revolucionaria y de alcances universales.
Y es durante el mandato de López Mateos (1958-1964) que, como precisa la historiadora del arte Giuliana Zolla, “los proyectos culturales del sexenio estaban dirigidos a las masas. Estaban destinados a lograr que todos los mexicanos tuvieran las mismas oportunidades, las mismas opciones. E indudablemente se alcanzaron grandes metas en estos campos. Basta mencionar el libro de texto gratuito, que encabezaba la lista de prioridades. Pero también el Museo Nacional de Antropología, o el de Arte Moderno. O la construcción de teatros y casas de cultura en todas las entidades posibles. En ese momento de la historia de México, el Instituto Nacional de Antropología e Historia y el Instituto Nacional de Bellas Artes eran considerados cartas de presentación del país ante el mundo. Con estas dos instituciones al frente, se le dio apoyo a las artes visuales, a los pintores que representaban la identidad de la patria. Pero también a las artes escénicas; la danza, la música, el teatro, el cine y también la charrería. Todas ellas expresiones brillantes de la cultura posrevolucionaria”. (https://bit.ly/2PxP3XM).
Es en esa época de efervescencia nacionalista y auge económico, se publicaron El luto humano (1943) de José Revueltas y de Al filo del Agua (1947) de Agustín Yañez, libros que, de acuerdo a la escritora Margo Glantz en su texto Onda y Literatura. Jóvenes de 20 a 33, inauguran “la época contemporánea de nuestra narrativa, y El laberinto de la soledad (1950), de Octavio Paz, que establece un nuevo concepto del ensayo y del mexicano, se puede empezar a hacer el recuento de los autores que pueblan la nueva literatura mexicana y al llegar a la década que va del año de 1960 a 1970 parecerá que hemos caído en la sección del Génesis donde los creadores de la Biblia se dedican a enumerar monótonamente las generaciones de Adán sobre la tierra: los descendientes empiezan a multiplicarse como la arena infinita.

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