El Mañana

martes, 16 de julio de 2019

Armando Fuentes Aguirre
Mirador Armando Fuentes Aguirre

Mirador

11 julio, 2019

Santa Mariana de Jesús es un prodigio de santidad temprana. Se le llama “la azucena de Quito”. Nacida en 1618, sus biógrafos dicen maravillas de ella. Al año de edad se daba cuenta ya de los días de ayuno marcados por la Iglesia y se abstenía del pecho materno.

Pequeñita aún se azotaba con ramas espinosas, hacía solitarias procesiones cargando una pesada cruz, se ponía garbanzos -crudos, claro- en los chapines para mortificarse y llenaba de abrojos el lecho en que dormía.

Se conserva el riguroso horario a que sometía en la adolescencia sus prácticas piadosas:

“A las 4 de la mañana me levantaré y repasaré en la memoria la Pasión de Cristo. A las 5 pondréme los cilicios. De 6 y media a 7 me confesaré en la iglesia y prepararé el aposento de mi corazón para recibir a mi divino Esposo. De 8 a 9 sacaré ánimas del purgatorio…”.

Murió joven, a los 26 años. Los últimos siete los pasó sin tomar otro alimento que la hostia. Dormía sólo un par de horas cada día. Aun así conservó siempre la belleza del rostro y la alegría del corazón, que mostraba cantando coplas populares acompañándose ella misma con la guitarra.

Eso es lo único que me gusta de Santa Mariana de Jesús: la belleza del rostro, la alegría del corazón, la guitarra y la canción. Lo demás no me gusta nada.

¡Hasta mañana!…