El Mañana de Nuevo Laredo

Paloma Bello

Apuntes desde mi Casa

Paloma Bello

27 diciembre, 2020

Nostalgias navideñas



La nostalgia entraña la memoria de un viaje dichoso hacia el ayer. De algo que ya no tiene retorno, que ha permanecido en imagen fija como símbolo de alguna satisfacción, de algún encanto no vuelto a repetir.
La melancolía, en cambio, suele estar asociada con la tristeza, el dolor, la soledad. Y su sentimiento puede producir decaimiento en el estado de ánimo, porque los recuerdos, en ese caso, no contribuyen a consolar el momento melancólico.
Pero estos Apuntes únicamente conllevan nostalgia. Nostalgia por las Navidades en Nuevo Laredo, por nuestros amigos, por nuestra casa, hasta por el frío y alguna nevada ocasional.
Hemos pasado ya tres Nochebuenas en Mérida, disfrutando de un sol intenso y de un calor inusual en diciembre. Y en donde la celebración y el vestuario pudieran corresponder a un verano interminable, que no deja de ser espléndido. De ahí que surgiera nuestra primera nostalgia.
Hace varios ayeres, pasado el desvelo de la víspera, en Navidad solíamos arrellanarnos en un sofá para ver películas durante buena parte del día, en la comodidad de un conjunto de pants y una ligera cobija. Dadas las altas temperaturas meridanas, no habíamos podido realizar esta costumbre, hasta que pusimos a andar un experimento.
Decidimos oscurecer la estancia cerrando persianas, corriendo cortinas y bajando hasta lo posible la temperatura del aire acondicionado. Entonces pudimos tolerar las prendas calientitas y recrear el invierno laredense, aunque fuese de manera efímera.
Es verdad que la gastronomía yucateca, y también la libanesa, integrada a nuestros paladares, son motivo de deleite en todo el año. Sin embargo, en estas fechas, echábamos de menos los tamalitos norteños.
Así que gestionamos con la señora Elisa Espitia de Rodríguez el envío de varias docenas de tamales, que ella prepara deliciosos. Un buen amigo hizo el favor de despacharlos por servicio de mensajería y, con gentileza, añadió paquetes de tortillas de harina de Los Ajos. Al día siguiente llegaron en perfecto estado y ¡nos hicieron tan felices a todos!
Estas añoranzas abarcan también a mis grupos de La Merienda y Los quién sabe qué; a mi buena vecina Gloria González, a Clarita Uresti, a los chicos de Laberintus, a Héctor Romero Lecanda y demás amigos cercanos de toda la vida.
Hasta las interminables filas en el puente hacia Laredo, Texas, son motivo de recuerdos felices, porque culminaban, invariablemente, con unas ricas costillas en Tony Romas, o una sopa  toscana,  en Olive Garden.
Y ya se me estaba volviendo grata inclinación acudir a la cena que doña Ninfa Deándar Martínez, directora general de El Mañana, acostumbra ofrecer a los editorialistas del periódico. No en un restaurante, no en un salón social, sino en su propia casa y alrededor de su propia mesa, compartiendo amistad con los compañeros. Misma categoría encubierta en sencillez, la heredada por sus hijos Ninfita, Tico y Ramón, magníficos anfitriones también.
A cambio de todos aquellos momentos evocados, ahora tenemos la oportunidad de una felicidad diferente, porque por encima de los festejos y los regalos tradicionales, agradecemos a Dios por nuestra buena salud y la de nuestros hijos y nietos.
La cena del día 24 la pasamos en completa intimidad mi esposo y yo, pero conservando la compostura en la elegancia de la mesa y nuestra vestimenta. Con la salvedad de que no pude soportar ni diez minutos los tacones altos y a la hora de bailar, ya no recordábamos ni cómo comenzar los pasos. Cuestiones de la edad, seguramente…
Mérida, 27 de diciembre 2020.

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