El Mañana

jueves, 27 de febrero de 2020

Catón
De política y cosas peores Catón

Nuda y corita

16 enero, 2020

A don Augurio Malsinado lo persigue siempre un hado adverso. La otra noche asistió a una orgía, y en plena bacanal empezó a gritar de pronto: “¡Organización, señores! ¡Organización!”. Uno de los presentes suspendió la actividad erótica que en ese momento lo ocupaba y le preguntó, curioso: “¿Por qué pide usted organización, amigo?”. Contestó don Augurio, atufado: “¡Porque yo no he podido hacérselo a nadie, y ya van cuatro veces que me lo hacen a mí!”… Don Cornulio llegó a su casa cuando no se le esperaba, y al entrar en la alcoba halló a su esposa tendida en el lecho conyugal sin nada de ropa encima y en estado de evidente nerviosismo. Le dijo con recelo: “¿Por qué te encuentro así, nuda y corita?”. La señora detestaba los cultismos que solía usar su consorte, y preguntó, irritada: “¿Qué significan esas palabrejas, ‘nuda’ y ‘corita’?”. “¡Encuerada, mujer, encuerada! -se impacientó el mitrado-. ¡Qué bien se ve que no conoces el útil libro ‘Ciencia del lenguaje y arte del estilo’, de don Martín Alonso! Si lo hubieras o hubieses leído sabrías lo que quieren decir esas palabras, y además conocerías el significado de otras igualmente necesarias en la vida diaria como ‘batología’, ‘epidíctico’, ‘isoplasmia’ y ‘escansión’. Pero no trates de evadir con tus preguntas la cuestión de fondo. Responde a mi interrogación: ¿Por qué te encuentro así en la cama, empiluchada, o sea en cueros?”. Replicó la mujer: “Porque no tengo nada qué ponerme. La última vez que me compré un vestido fue cuando asistimos al estreno de la película ‘El último cuplé’, y de eso ya hace tiempo”. “¿Que no tienes nada qué ponerte? -repuso con enojo don Cornulio al tiempo que abría el clóset de la mujer y removía su abundante ropa-. ¿Y esto? ¿Y esto? ¿Y esto? Hola, compadre. ¿Y esto?”… Sir George Highrump, caballero medieval, se enteró de que un fiero dragón había apresado a la princesa Gwangolina y la tenía reclusa en su cubil del monte. Acompañado por su fiel escudero Scatty fue en busca de la bestia a fin de arrebatarle a la cándida doncella. Cuando llegaron a la cueva donde habitaba el monstruo contemplaron un espectáculo que los dejó azorados: la princesa estaba haciendo el amor con el dragón, y al hacerlo mostraba señas inequívocas de goce, pues decía con vehemencia cosas tales como: “¡Más aprisa, papacito!” y: “¡Dale duro, prieto de mi vida!”. Al ver aquello y escuchar semejantes expresiones el andante caballero se quedó sin habla. Rompió el silencio su escudero, que le dijo: “Enfrentemos la realidad, sir George: llegamos demasiado tarde”… Himenia Camafría, madura señorita soltera, tenía un buen amigo de su misma edad, y también célibe, de nombre don Añilio. Todos los jueves lo recibía en su casa de 5 a 7 de la tarde, para merendar y jugar unas partiditas de brisca, tras de lo cual el senescente caballero se retiraba cuando aún había luz a fin de no dar pábulo a la murmuración del vecindario. La señorita Himenia, que abrigaba secretas intenciones de casorio, colmaba a su discreto visitante de finas atenciones. Horneaba para él sabrosas alpistelas que le servía con una copita de rosoli, y procuraba encaminar la conversación a su objetivo. Aludía veladamente a la soledad de las almas, y aún osaba decir cosas como ésta, insinuativas: “No estoy ya en la primavera de la vida, caro amigo, pero en mi cuerpo arden todavía los soles del verano”. Don Añilio no acusaba recibo de esas sugestiones, y hablaba de lo caro que estaban las medicinas y de lo que se había tratado en la última sesión del Club de Filatelia, del cual era socio fundador. Un día, desesperada ya, la señorita Himenia urdió una estratagema para poner a don Añilio en trance que lo comprometiera. Le propuso: “Querido amigo: juguemos a las escondidillas. Me esconderé yo primero. Si me encuentra podrá usted hacer conmigo lo que quiera. Si no me encuentra, estaré atrás de las cortinas de la sala”… Al empezar el banquete de bodas dijo un invitado: “Ahí viene la feliz pareja: la novia y su mamá”… Doña Macalota sorprendió a su casquivano marido, don Chinguetas, haciéndole el amor a la linda criadita de la casa. Explicó el cínico: “Es que por equivocación se tomó una de tus píldoras anticonceptivas, y no era cosa de dejar que se desperdiciara”… FIN.