El Mañana

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Nueve hijos llamados Juan

17 agosto, 2019

El puercoespín le dijo a su hembra: “Me alejo de ti para siempre, esposa mía. Te amo, pero me has lastimado mucho”… Una noche abrileña de 1775 el gran patriota americano Paul Revere fue a caballo avisando por el camino a los colonos que las tropas del rey habían llegado. Les gritaba a voz en cuello: “The British are coming!”. Llegó a una casa y una hermosa mujer abrió la puerta. “¡Los ingleses se acercan! -le dijo Paul Revere-. ¡Avísale a tu esposo!”. Le informó ella: “Mi marido no está. Anda de viaje”. “Ah vaya -replicó el gran patriota al tiempo que descabalgaba-. Entonces olvidémonos de los ingleses”… Simpliciano, joven varón sin ciencia de la vida, casó con Pirulina, muchacha sabidora. Al empezar la noche de las bodas ella fue hacia él y le dijo con tono sugestivo: “Estamos solos, amor mío”. “Sí -respondió Simpliciano tomando su celular-. ¿A quién le hablamos?”… Salió del templo el cortejo que acompañó a las cenizas de don Terebinto. En el curso de los ritos funerarios uno de los antiguos compañeros de colegio del finado estuvo observando a su viuda, mujer de no muchos calendarios y de apreciables atributos físicos. A la vista de tales atractivos el hombre pensó que quizá podría llenar el hueco que su difunto amigo había dejado. Así, a la salida de la iglesia se presentó a la viuda y después de darle el pésame le dijo. “Señora: dicho sea con el mayor respeto, está usted muy guapa”. Ella, enjugándose una lágrima con la punta del pañuelo, respondió: “Y debería verme cuando no he llorado”… La trabajadora social se sorprendió cuando doña Fecundina le dijo que era madre de 10 hijos. Le preguntó: “¿Cómo se llaman?”. Respondió la prolífica señora: “Se llaman Juan, Juan, Juan, Juan, Juan, Juan, Juan, Juan, Juan y Juan”. La visitante se asombró aún más: “¿Por qué les puso a todos el mismo nombre?”. Explicó la mujer: “Porque así no batallo para llamarlos. Grito: ‘¡Juan!’, y vienen todos”. Inquirió la trabajadora: “¿Y cuando quiere llamar a alguno en particular?”. “Lo llamo por el apellido -contestó doña Fecundina-. Todos tienen apellido diferente”… La parejita de recién casados se instaló en su nidito de amor. Ella le dijo a él: “Has de saber que eso del sexo no me gusta ni mucho ni muy poco. Lo haremos un día sí y un día no”. “Muy bien -aceptó él-. Entonces vendré a la casa cada tercer día”… El duque de Highrump invitó a su amigo lord Walleyed a la cacería del ciervo. Al regreso de la excursión venatoria el mayordomo de la finca le preguntó al visitante: “¿Cazó milord un ciervo?”. “Ninguno -respondió Walleyed-. Pero vi entre los árboles una bestia grande y corpulenta, de mirada fiera y crin pelirroja, que al caminar gruñía y bufaba amenazadoramente, y tuve ocasión de disparar sobre ella”. “Jesus, Mary and Joseph! -exclamó consternado el mayordomo, que era irlandés-. ¡Se me hace que cazó usted a la duquesa!”… Don Chinguetas llegó del trabajo. Su esposa doña Macalota lo abrazó amorosamente, lo besó, le quitó el saco y la corbata y empezó a desabotonarle la camisa. “¡Por favor! -la rechazó él-. ¡Cuando estoy en mi casa quiero olvidarme de lo que hago en la oficina!”… Un citadino que paseaba por el campo vio a una muchachita que conducía con esfuerzo a un gran toro. Le preguntó: “¿A dónde llevas ese toro?”. Respondió la zagala: “Lo llevo a la granja del vecino, a que cubra a una vaca”. El hombre, que veía las fatigas de la jovencita, le preguntó: “¿Y no puede hacer eso tu papá?”. “No -contestó ella-. Tiene que ser el toro”… FIN.