El Mañana

miércoles, 21 de agosto de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Padrecito malhablado

24 mayo, 2019

El padre O’Hare, cura de la iglesia de Saint Patrick, decidió aprender a jugar golf, a falta de otros entretenimientos de mayor sustancia que por causa de su ministerio le estaban prohibidos. El primer día que fue al campo lo acompañó sor Bette, la superiora del convento de la Reverberación, pues en el curso del recorrido iban a tratar varios asuntos de la incumbencia de ambos. Hizo su primer tiro el padre O’Hare y no atinó a pegarle a la pelotita. “¡Uta! -exclamó-. ¡Fallé el tiro!”. “Padre -se azaró sor Bette-, acordémonos de que estamos en la santa presencia de Dios, que en todas partes se halla, incluso aquí. Le suplico no diga maldiciones, no sea que en su justificado enojo el Señor haga caer un rayo sobre usted como castigo a sus intemperancias de lenguaje”. “Perdone, reverenda madre -se disculpó el sacerdote-. Ya me habían dicho que este juego hace que aflore en aquellos que lo juegan lo mejor y lo peor de la naturaleza humana. Lamento haber ofendido su pudor”. Así diciendo se dispuso el cura a hacer su segundo tiro. Volvió a fallarlo y volvió a proferir con iracundia: “¡Uta! ¡Fallé el tiro!”. “¡Por Dios, padre! -lo reprendió nuevamente sor Bette-. No maldiga usted. Le puede caer un rayo del Señor”. “Mil perdones, su reverencia -se disculpó otra vez el párroco-. No se volverá a repetir”. Hizo un tercer tiro y lo falló otra vez. “¡Uta! -exclamó igual que antes-. ¡Fallé el tiro!”. En eso se abrieron las nubes y del cielo cayó un rayo que fulminó a sor Bette. Desde lo alto se escuchó una majestuosa voz: “¡Uta! ¡Fallé el tiro!”… Don Calendárico, señor de muchos años, decía quejumbroso: “Algunas mujeres dicen que a los hombres sólo nos interesa una cosa. ¡Y a mí ya se me olvidó cuál es!”… El joven Valdovino iba a casarse, y le pidió al reverendo Amaz Ingrace que oficiara el matrimonio. Preguntó el pastor: “¿Quieres ceremonia tradicional o moderna?”. Replicó Valdovino: “Tanto mi novia como yo somos de la onda actual. Quiero la ceremonia moderna”. El reverendo hizo en su agenda la anotación correspondiente. Llegó el día de la boda, y resulta que llovió copiosamente. Llegó a la iglesia Valdovino, y antes de bajar del automóvil se subió las perneras del pantalón a fin de no mojárselo en la anegada carne. Pero al entrar al templo se le olvidó bajárselas, de modo que llegó ante el pastor con las perneras subidas. Le dijo el oficiante: “Bájate los pantalones”. Respondió Valdovino, asustado: “Pensándolo bien, reverendo, creo que prefiero mejor la ceremonia tradicional”… Usurino Matatías, el hombre más avaro del lugar, estuvo con una dama de tacón dorado. Al terminar el trance le dio un cheque y le dijo: “Si la próxima vez lo haces bien te lo firmaré”… Don Feblicio, señor de edad más que madura -andaba ya en la ochentena-, salió del laboratorio que tenía en el sótano de su casa y se presentó, orgulloso, ante su asombrada esposa. El provecto señor iba sin ropa y lucía en la entrepierna una magnífica tumefacción propia de la juventud. Le dijo a la atónita señora: “A ver qué opinas ahora de mis estúpidos experimentos”… FIN.