El Mañana

martes, 18 de junio de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Para que un matrimonio fracase

22 marzo, 2019

A través de la cerradura de la puerta el marido pudo ver cómo su mujer se desnudaba ante aquel hombre. Desde hacía tiempo sospechaba que la señora le era infiel. Llegaba tarde y oliendo a jabón chiquito de los que en los moteles se usan. Traía marcas de chupetones en el cuello, el busto y la cara (interna de los muslos). Y -lo más revelador- las raras veces en que hacían el amor la mujer le pedía con tono arrebatado: “¡No termines, Pitongo! ¡No termines!”, en vez de preguntarle con aburrido acento, como hacía siempre: “¿A qué horas vas a terminar, Astiel?”, que era su verdadero nombre. A pesar de tan claras evidencias el marido seguía dudando. ¿Cómo era posible que su esposa lo engañara, si se había educado en colegio de monjas y su padre era portaestandarte de la Cofradía de la Reverberación? Un día halló en el cajón de la señora un juego de ropa interior sexy que nunca se había puesto para él: brassière de media copa color rojo; pantie crotchless de igual color; liguero y medias de malla. Siguió dudando, sin embargo, de la infidelidad de su mujer: quizás había comprado esa ropa a fin de darle a él una sorpresa. Aún así, receloso, advirtió que esa tarde, después de darse un prolongado baño de tina, se puso aquellas eróticas prendas y luego le dijo que iba a merendar con sus amigas. Sospechando lo peor la siguió. Su esposa se encontró con un sujeto en el estacionamiento de un supermercado. Ahí la mujer dejó su coche y subió al del individuo. Fueron directamente al Motel Kamagua y ocuparon el cuarto 110. El marido burló la vigilancia del encargado y se escabulló hasta llegar a la puerta de la habitación. Por la cerradura pudo ver cómo los amantes se abrazaban y besaban apasionadamente, y se acariciaban con encendido ardor. A continuación, sensual y voluptuosa, ella empezó a despojarse de su ropa ante su ansioso amasio. Se quitó la blusa; dejó caer la falda; se despojó del lúbrico brassière; con lascivos movimientos deslizó las medias y el liguero. El esposo, desconcertado y sorprendido, veía todo eso a través de la cerradura de la puerta. Finalmente la señora se quitó la última prenda íntima y la arrojó con ademán de stripper o bailarina exótica. La pantaletita cayó en la perilla de la puerta y tapó la cerradura, con lo que el marido ya no pudo ver al interior del cuarto. Dijo entonces desilusionado: “¡La duda! ¡Siempre la maldita duda!”… El prestigiado vendedor de autos le comentó a su amiga: “Si por estos días no vendo algunos coches perderé mi buena fama”. Replicó ella: “Y si por estos días yo no pierdo algo de mi buena fama tendré que vender mi coche”… Terminado el trance de pasional amor Dulcilí se echó a llorar: “¡No supe lo que hice!”. “Qué raro -se extrañó su galán-. Lo hiciste muy bien”… Para que un matrimonio sea un éxito se necesitan dos. Para que sea un fracaso se necesita solamente uno. Don Chinguetas y doña Macalota hacían todo lo posible para que su matrimonio naufragara. Él era pronto de bragueta con todas las señoras, menos con la suya, y ella por su parte amaba más a sus tarjetas de crédito que a su marido. Pero Chinguetas no quería divorciarse de su esposa, pues a su edad le daba flojera iniciar una nueva relación. Bostezaba nomás de pensar en todo eso de las flores, las citas, los regalos, las invitaciones a cenar y a bailar, la presentación a la familia, etcétera. Así, buscó la asesoría de un consejero familiar. Éste le hizo una sugerencia que don Chinguetas trasmitió a su cónyuge. “Opina el terapeuta que nuestra relación anda mal por aburrimiento. Dice que debo tener una aventura extramatrimonial para dar nuevo interés a mi vida”. “No le hagas caso -repuso doña Macalota-. Yo he tenido varias, y eso no ayuda nada”… FIN.