El Mañana de Nuevo Laredo

Guadalupe Loaeza

Artículo

Guadalupe Loaeza

28 marzo, 2020

Pesadilla



“Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y, sin
embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas”, escribe
Albert Camus en La Peste (1947). Confieso que no lo he leído, sin embargo
pienso que en estos días de encierro, sería una lectura obligada. La obra
describe una humanidad que cree vivir dentro de una pesadilla, una pesadilla
que parece desaparecer de un momento a otro, pero que no termina por irse; está
allí y lo único que desaparece son los individuos, esos que creen que la
epidemia es inconcebible a la razón.

“¿Cómo podrían pensar que la peste liquida el futuro?”, se
pregunta el escritor y periodista israelí David Grossman, quien asegura que
esta epidemia nos resulta totalmente inconcebible, más fuerte que cualquier
enemigo de carne y hueso o un superhéroe inventado por el cine. “…esta
epidemia, en su vacío violento, parece amenazar con absorber toda nuestra
existencia que de repente parece frágil e indefensa”. Grossman se pregunta
qué nos pasará cuando la epidemia termine: “Muchos perderán a sus seres
queridos. Muchos, sus trabajos, su sustento, su dignidad. (…) puede haber
otros que no quieran volver a sus vidas anteriores. Algunos, aquellos que
puedan permitírselo, por supuesto, dejarán su lugar de trabajo, donde durante
años han sido sofocados y oprimidos”. Y el periodista se cuestiona por aquellos
que decidirán abandonar a sus familias o separarse de su pareja, o tener un
hijo, o salir del clóset, o dejar de creer en Dios.

“Quizás la conciencia de la brevedad de la vida y su
fragilidad animará a hombres y mujeres a adoptar un nuevo orden de prioridades.
Hacer más para distinguir lo esencial de lo accesorio. Comprender que el
tiempo, y no el dinero, es su activo más preciado”.

Hablando de ese orden de prioridades, ayer recibí una carta
de Edith Massun, que tiene que ver precisamente con esta toma de conciencia. Mi
amiga húngara se refiere a los noticiarios que ve noche tras noche desde
Budapest: “Y enfermeros parisinos que cuentan sin mostrar la cara que están
obligados a escoger a quién salvar la vida y a quién dejar morir, porque no hay
aparatos de reanimación suficientes para todos (…) Parece como si fuera una
advertencia de Dios, o de la Madre Tierra que ya basta de tanta inconsciencia,
tanta basura, tanto consumismo, tanto materialismo, tanto individualismo y
cuántos ismos más! (…) ¡Qué situación tan extraña! Normalmente nunca tenemos
tiempo para nada. Pero ahora que toda Europa está en cuarentena, las tiendas de
lujo, los lugares de diversión y hasta los parques públicos cerrados, la gente
que lo tenía todo se encuentra de repente enclaustrada y empieza, tal vez, a
meditar sobre el sentido de la vida”.

Meditemos acerca del sentido de la vida, aunque en estos
momentos nos parezca una pesadilla. Leemos todos los whats que nos mandan con
información, con estadísticas, con declaraciones de la OMS. Leemos largos
artículos de cómo “enfrentarse al aislamiento en casa si tienes problemas de
ansiedad”. Nos aconsejan respirar, evitar la sobreinformación, hacer yoga en el
balcón, comer sano y mantener una rutina sin agobios.

Todo el mundo opina, todos parecen expertos en coronavirus,
pero nadie nos dice cuándo terminará, cuántos muertos habrá en México, ni cuál
es exactamente la estrategia. Se diría que la pandemia nos cayó del cielo y de
allí que tomara al mundo desprevenido. Incluso los epidemiólogos, infectólogos
y demás especialistas se ven rebasados.

Por otra parte, pienso que habría que ponerse en sus zapatos
y ser empáticos con ellos, aunque no nos respondan todas nuestras dudas y
miedos. Pienso que es importante sentir miedo, especialmente en estas
circunstancias; nos pone alertas, nos avisa que tenemos que quedarnos en casa y
lavarnos las manos hasta la saciedad. Entre las muchas frases que encontré del
libro de Camus, hay una que habla, precisamente, del miedo: “Hay los que tienen
miedo y los que no lo tienen. Pero los más numerosos son los que todavía no han
tenido tiempo de tenerlo”. No perdamos el miedo, es un escudo que nos protege.

Albert Camus termina su libro La Peste a favor de los
apestados, “para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la
violencia que les había sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende
en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración
que de desprecio”.

No hay duda que esta pandemia nos pondrá a prueba, para bien
o para mal.

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