El Mañana de Nuevo Laredo

Catón

De política y cosas peores

Catón

4 abril, 2020

Picaresco relato antiguo



Por estos días leo a Macrobio, escritor latino del siglo IV de nuestra era (perdón por incluirme entre los propietarios de esa era). Muy conocido en la Edad Media por su nombre de Ambrosio Teodosio, Macrobio fue prefecto en España y procónsul en África, donde quizás nació. A él debemos el aprecio a Virgilio y la gran difusión de la obra del mantuano a partir del medioevo. Ya cercana su muerte Macrobio se convirtió al cristianismo. Años antes había publicado su obra Symposion Saturnalia, una deliciosa antología de textos sobre los más variados temas. Ignoro si de este libro hay traducción al español -yo la haría si tuviera tiempo y conocimientos suficientes-. Encuentro en el Symposion de Macrobio un picaresco relato que debe figurar entre los más antiguos chistes en los anales del humorismo universal, pues tiene aproximadamente mil 600 años. Según esa narración la esposa de Agripa, Julia, engañaba a su marido con un variadísimo surtido de amadores. Sin embargo todos los hijos de la mujer -eran seis- se parecían a su marido, de modo que no cabía duda sobre su paternidad. Algunos amigos de Julia que conocían sus adulterios se admiraban por eso y le preguntaban cómo hacía para que sus hijos se parecieran a su esposo, teniendo tantos amantes: “Ait: umquam enim nisi navi plena tollo vectore”, respondía. “Nunca tomo pasajeros sino cuando el barco está lleno”. ¿Qué les parece a mis cuatro lectores esta Julia? Y luego dicen que en cuestiones de moral todo tiempo pasado fue mejor. Quienquiera que conozca la naturaleza humana sabe que en cosas de la cintura para abajo todo tiempo pasado fue igual. Recordemos la antigua copla oaxaqueña -de la época de la Colonia- por la cual su autor fue a dar ante los ceñudos jueces de la Inquisición. Dice, referida a los mandamientos de la ley de Dios: “Si el sexto no lo suprimen, / y el noveno no rebajan, /ya podrá Diosito bueno / llenar su Cielo con paja”… El hijo adolescente de doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, dijo la palabra “puta”. “No uses semejante término -lo reprendió, severa, la señora-. Es de mal gusto, y además misógino”. “Pero, mamá -se defendió el muchacho-. Cervantes usa esa palabra”. “Ya no te juntes con él”, le ordenó Doña Panoplia… Don Cucurulo, finústico caballero que a más del don tenía el din, pues era de edad provecta y dineroso, cortejaba con asiduidad, pero sin determinación a Himenia Camafría, madura célibe que andaba por la cincuentena. Cierto día la visitó en su casa a la hora de la merienda. Ella le ofreció un piscolabis -así dijo- consistente en piononos y rompope. Le dijo con acento insinuativo: “Caro amigo: le di la tarde libre a mi doncella, aunque hoy no es su día de descanso. Espero que no vaya usted a aprovecharse de mi soledad para intentar algo indebido”. “Señorita -replicó don Cucurulo, digno-. Soy Caballero de la Caballerosa Orden y pertenezco a la Legión Condal. Necesitaría estar ebrio completo para atreverme a semejante demasía”. Himenia retiró la botella de rompope y trajo en su lugar una de tequila, otra de whisky, una más de ginebra, otra de vodka y dos de ron… En el Gentleman’s Club sir Highrump le dijo a lord Feebledick: “Deberías poner cortinas en tu alcoba, old fellow. Ayer a las 5 de la tarde te vi desde mi casa, con mi catalejo, haciendo el amor con tu mujer, y a través de la ventana pude contemplar tus acrobacias y maromas en la cama”. “Estás por completo equivocado -replicó lord Feebledick-. Primeramente, en las rarísimas ocasiones en que hago el amor con mi mujer nunca hay maromas ni acrobacias durante los 10 segundos que suele durar ese antiestético acto, y en segundo lugar a esa hora estaba yo aquí tomando el té, de lo cual James el camarero podrá dar constancia fidedigna. La conclusión lógica es que tu catalejo o está descompuesto o no sirve para nada”… FIN.

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