El Mañana

domingo, 18 de agosto de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Plaza de Almas

24 abril, 2019

“Estoy embarazada”. Así me dijo simple y sencillamente: “Estoy embarazada”… Yo era estudiante entonces. Cursaba el cuarto semestre de la carrera. Ella estaba un año más abajo. Teníamos de novios desde la preparatoria, aunque, la verdad, yo a veces me aburría y salía con otras, y la dejaba de ver por algún tiempo. Pero siempre volvía con ella, no sé por qué. Una noche fuimos a una fiesta. Cuando fui a llevarla a su casa me dijo: “No está el coche de mi mamá. Si quieres pasa”. Yo me había tomado un par de cubas, así que se me hizo fácil. Entramos, nos sentamos en el sillón de la sala, con la luz apagada. Y ahí empezó la cosa. Ya estábamos bien calientes cuando sonó el teléfono. Era su mamá. Le dijo que estaba en la casa de otra hija que tiene, casada, y que se iba a quedar con ella porque ya se iba a aliviar y le daba pendiente dejarla sola. Que ya no la esperara, que se fuera a acostar. Y se fue a acostar. Conmigo. Pasaron unas semanas, y entonces fue cuando me dijo aquello: “Estoy embarazada”. Lo hicimos nomás una vez, pero con eso hubo. Qué puntería, ¿verdad? Y no estoy presumiendo; lo que pasa es que así sucede: hay parejas de casados que se pasan años y años queriendo tener un hijo y nada, y acá su servidor con una sola vez ya estuvo. Parece cosa adrede, pero así pasa. Los que quieran tener hijos deben hacer aquello antes de casarse. Así no falla. “Y ahora ¿qué? -me dijo muy enojada la mamá-. ¿Le vas a cumplir o no?”. Yo le dije que sí, que me iba a casar. Y me casé. No me arrepiento. Dejé los estudios, claro. Mi suegra me consiguió este carrito y me metí a taxista. Y viera que no me ha ido mal: tres, cuatrocientos pesos cada día. ¿Dónde más saca uno eso? Empiezo a las 6 de la mañana y pa’ las 3 de la tarde ya acabé. Como si fuera estudiante; es lo mismo. La tarde me la paso con m’hijo. En mi casa lo adoran porque es el vivo retrato de mi ‘apá. Parece más hijo de él que mío. Lo único que tiene de mí son las manotas, grandes. Manos de hombre. Dice mi ‘apá que las mujeres deben tener las manos chiquitas, pa’ que todo lo que agarren de su marido se les haga grande. Como el dinero, no sea usté mal pensado. Bueno, señor, ya llegamos. Son 100 pesos… Breve es el trayecto entre el hotel y el aeropuerto. Tan breve que en él cabe una vida. O varias. De muchas vidas se entera uno andando en la legua. Y yo siempre ando en ella. Cuando llego a los hoteles me preguntan: “¿Cómo te fue?”. Y cuando llego a mi casa me preguntan: “¿Y de dónde nos visita el señor?”. Cuando la gente sabe que no te volverá a ver nunca te cuenta muchas cosas. A quienes volverás a ver no les cuentas algunas. En el avión voy recordando la historia del muchacho. Es una historia vulgar, lo cual quiere decir que es una historia maravillosa. Es pan de cada día, y el pan de cada día es prodigioso. Con historias como ésta no se puede hacer una serie de Netflix; pero de historias así está hecho el mundo. En todos los tiempos y en todos los países hay chicos y chicas que fueron a una fiesta y luego… Lo que me falta es ponerle nombre a la historia. El nombre de las historias es muy importante. La novela “Por quién doblan las campanas”, de Hemingway, no sería tan buena si no se llamara así. Lo mismo se puede decir de “En busca del tiempo perdido” o de “Cien años de soledad”. “Nomen omen”, decían los latinos. El nombre es destino. Luego de considerar el hilo de los acontecimientos que me narró aquel joven taxista -la casa sola; la invitación a pasar; la mamá que estará ausente- he pensado ponerle a esta historia el mismo nombre que lleva una canción de Frank Sinatra. Esa canción se llama “The Tender Trap”. La tierna trampa… FIN.