El Mañana

sábado, 24 de agosto de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Plaza de Almas

31 julio, 2019

Quienes tenemos la fortuna de haber llegado a la tercera edad, ésa que antes se llamaba sin eufemismos vejez, ancianidad o senectud, somos dados a practicar dos ejercicios, uno bueno y otro malo. El bueno es el grato quehacer de recordar. El malo es la pésima costumbre de asestar esas evocaciones a nuestro sufrido prójimo. Yo tengo tantos recuerdos que casi todos se me olvidan. Uno de ellos pertenece al muy lejano tiempo en que incurrí en pecado de poesía. Era yo alumno de bachillerato en el glorioso Ateneo Fuente, de Saltillo. Un periódico recién llegado a la ciudad, El Sol del Norte, convocó a un certamen literario. Yo había escrito un tremebundo poema intitulado “Reclamación a Dios”, háganme ustedes el favor. En él le reprochaba al aludido personaje haberme dado vida, pues por efecto de tan imprudente acción vivía yo en este mundo lleno de sufrimientos, de soledad, de penas, de dolor, etcétera. Conservo todavía en la memoria, para mi desgracia, algunos versos pertenecientes a ese culebrón: “De unos muslos dolientes broté con el rostro de sangre manchado. / Destrocé una virgínea cintura, / desgarré un vientre cálido, / y sembré en la materna pupila la amargura salobre del llanto”. Y por ahí. Aunque usted no lo crea ese espantable bodrio ganó el dicho concurso. Cuando el director del periódico se enteró del fallo del jurado y leyó el poema ganador se preocupó bastante, pues uno de los premios correspondientes al primer lugar era, a más de 100 pesos en efectivo, la publicación de la poesía premiada. ¿Cómo iba a publicar él eso de la reclamación a Dios, lo de los muslos, lo de la sangre y demás etcéteras? El gerente, hombre de números y por lo tanto práctico, dio con la solución. ¿Qué me parecería, me preguntó, si me daban a mí la recompensa en efectivo del primero y segundo lugares, 100 y 50 pesos respectivamente, y a cambio de eso aceptaba que el poema no fuera publicado? Acepté, y todos contentos. Con los 150 pesos mencionados invité a mis amigos a una parranda de órdago que empezó en la insigne cantina llamada de Los Bajos, pues estaba en el sótano del Hotel Coahuila, y acabó no quiero decir dónde. Me quedé, sin embargo, con el prurito de ver publicado mi poema. ¡Ah, vanidad de literato! Había otros dos periódicos en la ciudad. Ni pensar en uno de ellos, El Diario, pues era propiedad de los ricos de Saltillo, ultramontanos todos, católicos de Pedro el Ermitaño. El otro, El Heraldo, era más liberal, más progresista. Hasta donde cabía, claro. Y daba la afortunada coincidencia de que su director estaba casado con una prima mía, María Elena Aguirre, bella hija de mi querido tío Rubén, padre también del inolvidable Profesor Jirafales. Sin previo aviso me apersoné en su casa. El joven director estaba en cama, enfermo de un resfriado, pero aun así me recibió y solícito se enteró de mi solicitud. Dos días después apareció mi poema en El Heraldo, a toda plana, en cursivas de 14 puntos y con una generosa presentación del propio director. Fue así como tuve la ventura de conocer a Roberto Orozco Melo, extraordinario periodista, funcionario público de mérito -fue un excelente alcalde de Saltillo-, poeta de fina sensibilidad, pero sobre todo hombre bueno, amigo de veras -y también de bromas-, bohemio de corazón que gustó siempre de la canción y el verso. El Cabildo de la Ciudad entregó este año la Presea Saltillo, post mortem, a Roberto Orozco Melo, uno de los mejores ejemplares de la especie humana que he conocido. Envío un cariñoso abrazo a la Chacha, mi prima, y con ella a toda la familia de aquel hombre gentil, tan gentilhombre, cuya amistad y recuerdo han sido para mí un hermoso regalo de la vida… FIN.