El Mañana

viernes, 27 de marzo de 2020

Catón
De política y cosas peores Catón

Plaza de Almas

26 febrero, 2020

Habla ella y dice: “Hacía mucho tiempo que no veía yo un picahielo. Anoche vi uno, y no en persona, si cabe la expresión, sino en una película vieja que pasaron en la televisión. Allá en aquellos años había uno en cada casa, pues muy pocas tenían refrigerador. El hielo te lo llevaban en bloque, y tú debías partirlo para ponerlo en la hielera. Todavía recuerdo al muchacho que nos lo llevaba. Era alto y rubio, de espalda ancha y brazos musculosos. Me asombraba la facilidad con que se echaba al hombro aquellos grandes bloques de hielo con unas como pinzas. Era guapo; traía locas a todas las sirvientas del barrio y también -se decía- a más de una señora. Pero no fue a él a quien recordé anoche cuando vi en la tele el picahielo”… Habla el vecino y dice: “Ella no se metía con nadie, y nadie se metía con ella. Algunas la consideraban orgullosa, pero la verdad es que a la mujer le daba pena juntarse con las demás señoras porque era la única que no estaba casada. Eso lo supe años después; entonces no se sabía. Por eso tampoco comulgaba. Nunca faltaba a misa los domingos. Iba con su hijita y se sentaba en la última banca. Cuando la gente pasaba a comulgar ella se arrodillaba, inclinaba la frente y oraba en silencio. Y es que no estaba casada, por eso no se consideraba digna de recibir la comunión. El vecindario murmuraba. ¿Qué pecado tan grande cargaría que no podía comulgar? Y la que más la criticaba -lo supe por mi esposa, que era su amiga- cuando estaba en la intimidad con su marido, pensaba en el repartidor de hielo”… Habla ella y dice: “Si no me hubiera juntado con ese hombre me habría muerto de hambre junto con mi hija. Él no era bueno, esa tranquilidad me cabe, si es que en esto puede haber algo de tranquilidad. Me trataba mal, pero además me maltrataba. Una vez me golpeó con los puños cerrados, y eché pa’ fuera al hijo que llevaba de él. Por poco me muero, pero cuando ya empezaba a ver la luz que se ve cuando te mueres, en medio de la luz no vi a Dios, vi a mi hijita, y en vez de caminar hacia Él corrí hacia ella y regresé a la vida. La muerte, que me esperaba ya, sigue esperando. Nunca volví a encargar. Y qué bueno: si hubiera concebido otra criatura suya habría sido hija del odio, y yo habría sido la primera en odiarla, por ser de él”… Habla el vecino y dice: “En aquel tiempo casi no se usaban los lentes oscuros. Los traían nada más los policías de tránsito y los padrotes. Y aun así muchas veces ella salía de su casa llevando lentes negros. A alguna vecina preguntona le dijo que era porque estaba mala de la vista y el brillo del sol le hacía daño”… Habla ella y dice: “Todo le aguanté, hasta el día en que lo vi quitándole el calzoncito a mi hija y tocándole sus partecitas. Y no andaba borracho, que de cualquier manera habría sido igual. Me le fui encima, y con uñas y dientes lo dejé hecho un Santo Cristo, mala la comparación. Se fue de la casa echando sangre y maldiciones, pero antes de salir me dijo: ‘Vas a ver’. Me angustié: no siempre podría estar con la niña cuando estuviera él. Regresó días después, como si no hubiera pasado nada. Lo dejé que me hiciera lo que quiso hasta que se durmió. Y entonces sucedió lo del picahielo”… Habla el vecino y dice: “Hubo revuelo en el barrio cuando llegó la ambulancia de la funeraria y sacó el cuerpo en una camilla. Al principio pensamos que era ella, pero salió a la puerta a despedir al médico, y entonces supimos que el muerto había sido él”… Habla ella y dice: “¿Verdad, doctor, que murió del corazón?”… Habla el doctor. La mira fijamente y dice: “Así es, señora. Usted y yo sabemos que murió del corazón”… FIN.