El Mañana

viernes, 24 de mayo de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Plaza de Almas

13 marzo, 2019

“Mejor será no regresar al pueblo…”. Así escribió López Velarde con dolida nostalgia de su villa. La abandonó temprano para irse por el mundo -su pequeño mundo-, y no volvió ya nunca a su solar nativo, como quería, a fin de envejecer en él y en él morir. Su temor era que si tornaba al paraíso de su infancia lo iba a hallar convertido en triste ruina por los destrozos de la Revolución, y al final quedaría solamente en su ánimo “una íntima tristeza reaccionaria”. En efecto, no siempre los retornos son felices. Es preferible a veces no volver. Tomemos por ejemplo el caso del vate Pelerín. Joven aún -tendría 20 años- salió del alejado lugar en que vivía y fue a buscar fortuna en la ciudad. Había cursado nomás hasta la Secundaria, pero sus lecturas le dieron un asomo de saber que le permitió encontrar trabajo como cajista en una imprenta. Antes de proseguir con el relato diré por qué dejó su pueblo Pelerín. Se enamoró perdidamente de una joven de singular belleza cuyo nombre era Angélica. Por desgracia la hermosa doncella pertenecía a otra clase social -su padre era el más rico propietario de tierras en toda la comarca-, y el vate jamás tuvo el valor de acercarse a la muchacha, menos aún de decirle que la amaba. No la olvidó nunca, sin embargo; siempre soñaba con volverla a ver. Le fue muy bien a él en la ciudad. De la imprenta pasó a ser redactor del semanario La Voz del Mundo, periódico jocoserio y de combate. Poco después el director de la publicación se indispuso con el Gobernador, y entonces el dueño puso al vate al frente del periódico, pues hablaba muy bonito: se había revelado como orador de vuelos en la celebración del natalicio de don Benito Juárez. Pronto juntó dinero nuestro personaje -sueldo y buscas-, y sintió entonces que ya podía aspirar a la mano de la siempre recordada Angélica. Fue al pueblo en busca de su amada. Cinco años habían transcurrido ya. Cuando llegó al lugarejo -hizo el viaje en tren, en vagón de primera clase- era la hora de la siesta. Caía un sol de plomo; las calles estaban vacías, cerradas las puertas y postigos de las casas para proteger a sus moradores del calor. Caminó lentamente Pelerín por una de las callejas empedradas, la principal del pueblo. Cada paso que daba le traía una memoria. Allí estaba la tienda donde compraba el pan. Enfrente la botica a donde su madre lo mandaba a comprar cafiaspirinas. Allá la iglesia parroquial, con la imagen del dolorido Nazareno que tanto lo impresionaba en días infantiles. Llegó el vate a la plazuela del lugar. Vio al lado del templo la lujosa finca donde vivía Angélica. ¿Qué habría sido de la joven? Ardía en deseos de saber de ella. Vio junto a la fuente de la plaza a un niño que jugaba echando al agua barquitos de papel. Fue hacia él y le preguntó con voz emocionada: “Dime, di, rubicundo rapazuelo. ¿Qué fue de la hermosísima doncella que moraba en la casona solariega cabe del templo parroquial; aquella joven de singular belleza semejante a las dríades, nereidas, ondinas, sílfides o náyades de las antiguas mitologías; la niña de cabellos dorados como Febo; frente nívea cual las cumbres de los volcanes de mi patria; ojos garzos del color del cielo; mejillas róseas; labios de púrpura; perlinos dientes; cuello de gacela; hombros ebúrneos; senos de paloma iguales a los de la Sulamita del Cantar de los Cantares; cintura cimbreante de palmera; grupa de potra arábiga; piernas de albo mármol como las columnas que sostuvieron el templo de Jerusalén y pies pequeñitos bajo cuya planta dejó el poeta su enamorado corazón? Dime, di: ¿qué fue de Angélica?”. Respondió el niño: “Se casó”. Exclamó entonces el vate Pelerín: “¡No mames, güey!”… FIN.