El Mañana de Nuevo Laredo

Paloma Bello

Apuntes desde mi Casa

Paloma Bello

29 noviembre, 2020

Querido Pamuk



Hace dos años: Su estatura destacaba entre la multitud mientras caminaba hacia donde lo esperábamos. Observé su cabeza salpicada de canas y su varonil fisonomía, afable desde el primer momento. Subió al estrado y sin más se sentó detrás del escritorio en actitud gentil.
Por medida de perfecta organización, la Feria del Libro de Guadalajara dispone de una hora con cincuenta minutos para que cada autor firme libros, tiempo en el que caben únicamente cien personas en grupos de a veinticinco, con un control de fichas numeradas para hacer fila.
Conforme se va avanzando, un edecán pregunta el nombre que será asentado en el libro y lo escribe en un post it para facilidad de lectura del autor, y abreviatura de tiempo. Lo pegan en la página adecuada, y enseguida otro edecán recoge el teléfono o la cámara, para hacer el favor de tomar las fotos.
Mi hermano Rolando  y yo habíamos llegado a la fila con dos horas y diez minutos de anticipación y nos correspondieron las fichas 21 y 22. Decidimos sentarnos en el piso, al igual que los demás, y ponernos a leer en tanto llegaba el momento de conocer al novelista turco Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura 2006.
Mi primer acercamiento con él fue mediante su libro Me llamo Rojo, que produjo fuerte impacto en mí por su naturaleza, lejana a todo lo que había leído antes. Con cierta devoción que fue aumentando con los años, comencé a adquirir el completo de sus obras hasta no faltar ninguna.
Durante mis momentos de lectura a lo largo de diez o doce años, se fue tejiendo un vínculo intangible entre los pensamientos plasmados por Pamuk y los sentimientos que me provocan. Cada vez que yo descubría un instante repetido en cada una de nuestras distantes infancias o en algunas actitudes de su padre que evocaban a mi padre, cada vez que él desmigajaba una obsesiva búsqueda por algo o por alguien, me sentía más identificada.
Así me percibí atada a él: con el legendario hilo rojo invisible que, sin importar tiempo, lugar o circunstancias, te une con otra persona que no conoces y, aunque esté en la otra parte del mundo, el hilo se estirará hasta el infinito pero nunca se romperá.
Conocido y cercano para mí sin haberlo visto antes, admirado y amado (porque es posible enamorarse de un extraño a causa de sus letras), Pamuk: casi novio, casi amigo, casi hermano, estaba ahí, a unos metros, mientras mi corazón tañía un gong a cada paso.
Sonriente, con modales que denotan su buena cuna, abrió el tomo de Estambul y al leer mi nombre, expresó en voz alta: “Ah, Paloma, the woman with the red hair”, (aludiendo al título de su reciente libro y al color con que tiño mi cabello). Su traductora lo repitió en español y los del rededor aplaudieron el inusitado detalle, la deferencia. Di las gracias y él dio las gracias también.
Después, ya no supe más, porque comencé a levitar con la vista nublada. Por ahí siguieron circulando sus lectores, en gran mayoría personas entre 27 y 50 años. Salían transportados, apretando contra su pecho el libro firmado. A la hora con cincuenta minutos exactamente, la ficha número 100 fue entregada y se levantó la sesión.
Caballeroso, el autor pidió reunir al equipo de ayudantes jaliscienses para tomarles fotos y video. Luego, ellos quisieron retratarse con él. Todos recibieron un apretón de manos y su agradecimiento, y después, sin perder la sonrisa, se disolvió entre la multitud.
Mérida, 29 de noviembre 2020.

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