El Mañana de Nuevo Laredo

Padre Leonardo López Guajardo

Compartiendo Opiniones

Padre Leonardo López Guajardo

27 mayo, 2020

Respeto



Si no fuera por la situación de crisis que estamos viviendo, esta noticia hubiera sido más conocida.

La semana pasada, en un centro comercial del Estado de Arizona, un hombre de nombre Armando Hernández, empezó disparar a mansalva a quienes tuvieron la desgracia de estar presentes, hiriendo a tres personas, antes de ser sometido.

Cuando se le preguntaron las causas de su conducta, su respuesta fue desconcertante: Quería que lo respetaran, ya que había sido intimidado en su vida.

Pocos días después, en Japón, la luchadora Hana Kimura, de 22 años, decidió suicidarse, por no saber soportar las críticas hacia su persona, después de participar en un reallity show, en el que había discutido fuertemente con otra participante. Su mensaje de despedida, en su red social, describía perfectamente su estado de ánimo: “Soy débil. Lo siento, ya no quiero ser humana. Era una vida en que quería ser amada”.

Hechos como estos, nos muestran la profunda dependencia que tenemos del afecto de los demás, así como nuestra gran sensibilidad al rechazo. Probablemente, con la crisis que estamos viviendo, sufrimos más del aislamiento que del miedo a la enfermedad, ya que, en la práctica, la necesidad del contacto humano, es tan fuerte de nosotros, que, preferimos arriesgarnos a contagiarnos que renunciar a él… a pesar, en ocasiones, que ese contacto, lejos de beneficiarnos nos perjudique como personas.

En este tiempo de confinamiento, he aprovechado para la lectura. Tuve la oportunidad de leer el extraordinario libro “Meditaciones” de Marco Aurelio, que me orienta sobre esta problemática actual, a pesar de haber sido escrito hace más de 1,800 años.

Estas fueron algunas de sus ideas que me llamaron fuertemente la atención:

“Si en efecto has visto de verdad dónde radica el fondo de la cuestión, olvídate de la impresión que causarás. Y sea suficiente para ti vivir el resto de tu vida, dure lo que dure, como tu naturaleza quiere. Por consiguiente, piensa en cuál es su deseo, y nada más te inquiete. Has comprobado en cuántas cosas anduviste sin rumbo, y en ninguna parte hallaste la vida feliz, ni en las argumentaciones lógicas, ni en la riqueza, ni en la gloria, ni en el goce, en ninguna parte. ¿Dónde radica, entonces? En hacer lo que quiere la naturaleza humana. ¿Cómo conseguirlo? Con la posesión de los principios de los cuales dependen los instintos y las acciones. ¿Qué principios? Los concernientes al bien y al mal, en la convicción de que nada es bueno para el hombre, si no le hace justo, sensato, valiente, libre; como tampoco nada es malo, si no le produce los efectos contrarios a lo dicho” (Libro 8, 1).

“Es ridículo no intentar evitar tu propia maldad, lo cual es posible, y, en cambio, intentar evitar la de los demás, lo cual es imposible.”(Libro, 7, 71).

Es cierto: a las personas no se les cambia; se les convence. Y esperar a que nos acepten y nos apapachen, no es algo fácil de lograr, y menos aún, cuando esperamos que el miedo y las agresiones, consigan que nos obedezcan, pero que nunca conseguirán nuestro respeto.

Dejemos pues en su lugar a la veleidosa opinión de los demás. Opinión a la que estamos obligados a atender si ésta mejora nuestra dignidad, los mejores principios y la inteligente convivencia. Pero para ello, como siempre, usted tiene la última palabra.

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