El Mañana de Nuevo Laredo

Padre Leonardo López Guajardo

Compartiendo Opiniones

Padre Leonardo López Guajardo

3 junio, 2020

¿Río revuelto?



No creo que ninguna persona sensata pueda estar a favor del racismo. Ya han sido derogadas aquellas leyes que la promovían. Incluso, la autoridad policiaca tiene códigos y reglas que impedirían cualquier tipo de abuso de autoridad o de prácticas represivas por el simple color de la piel.

Por otra parte, ningún candidato a algún puesto político, o que ejerza el poder, justificaría el racismo. Es más, ninguna creencia religiosa que se considere respetable, justificaría en sus enseñanzas doctrinales, el desprecio a una raza o a la mujer. Cualquier violencia es considerada como pecado, y ninguna persona, por más importante que sea su investidura, puede justificar su violencia: “Dios a nadie le ha dado permiso para pecar” (Sir 15, 21).

Si todos tenemos esto claro, ¿por qué el abuso de violencia que provocó el asesinato de George Floyd en Minneapolis, se realizó con tal impunidad? Fue un acontecimiento que despertó lo peor y lo mejor de miles de ciudadanos en Estados Unidos. Para muchos, una oportunidad para lucirse, apoyando lo que es políticamente correcto. Para otros, una oportunidad para robar y destruir: violencia por ambos lados. Otros, protestaron pacíficamente exigiendo un cambio de mentalidad e impidiendo la participación de estos reventadores anárquicos, disfrazados de manifestantes.

Desafortunadamente el problema no está en las leyes, sino en las personas, ya que, en principio, el Estado no es dueño de las conciencias. La polarización no es capaz de solucionar ningún problema, sino que lo agrandan.

El domingo pasado, en su mensaje de Pentecostés, el Papa dijo:

“Queridos hermanos y hermanas: Examinemos nuestro corazón y preguntémonos qué es lo que nos impide darnos. Decimos que tres son los principales enemigos del don; tres, siempre agazapados en la puerta del corazón: el narcisismo, el victimismo y el pesimismo. El narcisismo, que lleva a la idolatría de sí mismo y a buscar sólo el propio beneficio. El narcisista piensa: “La vida es buena si obtengo ventajas”. Y así llega a decirse: “¿Por qué tendría que darme a los demás?”. En esta pandemia, cuánto duele el narcisismo, el preocuparse de las propias necesidades, indiferente a las de los demás, el no admitir las propias fragilidades y errores.

“Pero también el segundo enemigo, el victimismo, es peligroso. El victimista está siempre quejándose de los demás: ‘Nadie me entiende, nadie me ayuda, nadie me ama, ¡están todos contra mí!’. ¡Cuántas veces hemos escuchado estas lamentaciones! Y su corazón se cierra, mientras se pregunta: ‘¿Por qué los demás no se donan a mí?’. En el drama que vivimos, ¡qué grave es el victimismo! Pensar que no hay nadie que nos entienda y sienta lo que vivimos. Esto es el victimismo.

“Por último, está el pesimismo. Aquí la letanía diaria es: ‘Todo está mal, la sociedad, la política, la Iglesia…’. El pesimista arremete contra el mundo entero, pero permanece apático y piensa: ‘Mientras tanto, ¿de qué sirve darse? Es inútil’. Y así, en el gran esfuerzo que supone comenzar de nuevo, qué dañino es el pesimismo, ver todo negro y repetir que nada volverá a ser como antes. Cuando se piensa así, lo que seguramente no regresa es la esperanza.

“En estos tres -el ídolo narcisista del espejo, el dios espejo; el dios-lamentación: ‘me siento persona cuando me lamento’; el dios-negatividad: ‘todo es negro, todo es oscuridad’. Nos encontramos ante una carestía de esperanza y necesitamos valorar el don de la vida, el don que es cada uno de nosotros. Por esta razón, necesitamos el Espíritu Santo, don de Dios que nos cura del narcisismo, del victimismo y del pesimismo, nos cura del espejo, de la lamentación y de la oscuridad”.

Ni prepotentes, ni sumisos. La violencia provoca más problemas y resentimientos de los que quiere remediar. Que sea la conciencia y no los arrebatos, los que hagan la diferencia en la convivencia humana. Pero en ello, como siempre, usted tiene la última palabra.
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