El Mañana de Nuevo Laredo

Jesús Pérez Caballero

Desde la frontera

Jesús Pérez Caballero

12 diciembre, 2020

Seguimiento imaginario a un tambo



Ocurrió hace una década, según un técnico en seguridad e higiene de una empresa de la matamorense Ciudad Industrial. Huercos se acercaron a los guardias de la planta, para pedirles prestados cargadores de radios. Entonces, se percataron de los tambos de metal (200 litros de capacidad). Tambo (del quechua tampu, establo, depósito o posada, según recopila Philip Jacobs, en su web runasimi.de) es también cárcel en México (en España, “¡al bote!” es “¡a la cárcel!”), aunque lo probable es que los tambos de esta columna vengan de la acepción once de “tambor”, recipiente cilíndrico y metálico para almacenar materiales.

De buenas maneras, los huercos exigieron tambos. El jefe de seguridad preguntó a sus superiores. Durante el par de días que el gerente tardó en responder, los huercos presionaban: Rondines, parqueamientos en el estacionamiento de la planta. Al final, les dieron diez tambos: Pasaron a ser tamberos.

La empresa corroboró con otras: No era un caso aislado. Para seguir pidiendo su materia prima (pintura) cambiaron el metal por el plástico; los tamberos se disiparon. Sin embargo, recibieron una treintena de tambos. ¿Para qué? En puertas de casas matamorenses vemos estos recipientes -principalmente de Gulf Oil-, donde recoger basura u hojarasca. Demasiado riesgo correrían los tamberos para tal función o para una reventa. También son idóneos para cocinar drogas sintéticas; pero, de usos, hay otros.

C.M. Valdés (La gente del mezquite, 2017, p. 72) narra cacerías, siglos atrás, por el septentrión novohispano. Los tamberos -estas no son analogías: Son rescoldos-, alistan armas, acechan lugares y horarios fijos, a veces “trantraneando”, pero con constancia inexorable sobre la presa. “Un bisonte pesa entre 400 y 600 kilogramos, en canal (sin cuernos y vísceras) pesaría 288 kilogramos, en tasajo quedarían de 130 a 140 kilogramos”, certifica Valdés. Un individuo medio pesa entre 62-80 kilogramos (contando que los tamberos priman varones adultos, de entre veinte y cincuenta años), y su destazamiento y licuado desciende su peso hasta la única nada. El tambo, en una casa con perímetro de silencio -por abandono o semiabandono; blindaje por paredes u hombres; o perímetro mental: Orejas convencidas, orejas indiferentes-. El cuchillo, forjado al rojo vivo, templado al agua. Malograrlo lo vuelve quebradizo, como cristal; no cortar bien hace que algo sobresalga, aunque el dieselito nivela al cuerpo seminclinado e incapaz, ya dentro del tambo, de estirar los brazos en cruz. Después, el contenido a la brecha, sin ayuda de diablo ni de sus diablitos, a la tierra, sin sal, sin chile de monte. Todos restos de minerales y calcio, arena sin reloj. Herman Gombiner -personaje del cuento Elescritor de cartas, del yidis Isaac Bashevis Singer-, en su convalescencia, soñaba con un desastrado barbón que “arrancaba extremidades como si fueran raíces podridas”: Restos de dizque maldad, como si los tambos, en vez de ropa, tuvieran réspedes (la lengua de la culebra o de la víbora, el aguijón de la abeja); en vez de uñas, pezuñas. Desdibujados en tautología oscura: “Les sucedió por ser ellos”, cuando, en realidad,escribo sobre ellos por haberles sucedido.

Alguien cercano, exenfermera del IMSS, me contaba que para empaquetar las tripas durante las operaciones, usaban gasas y las sobrantes (frecuentemente, cuatro de seis), aun intactas, se desechaban (ella acumuló decenas como trapos de cocina). Si hay un error y una gasa queda dentro, podría formar un textiloma, un tumor conformado por la tela (por eso las gasas llevan adheridas un plástico verde con metal, radio opaco a una radiografía). La gasa tumoral forma figuras, como panales de abeja o migas de pan (Silva-Carmona et al., Textiloma que se presenta como una masa abdominal: presentación de un caso y revisión bibliográfica, 2014). Regreso: ¿Qué textilomas sociales tejen y destejen, y qué raíces filosóficas arrancan los tamberos y sus similares?

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