El Mañana de Nuevo Laredo

Adolfo Mondragón

Cosas de mi pueblo y del otro lado

Adolfo Mondragón

11 julio, 2020

Si me cuido, te cuido



En esta simple y sencilla frase, se encierra todo el secreto para controlar la propagación de la pandemia que azota el mundo; sin embargo, encierra también una gran filosofía, la de la importancia de la convivencia armónica, la solidaridad, el compartir el mundo por partes iguales, el vivir nuestra vida, sin perjudicar las otras, recordemos que todo lo que no somos YO, somos los otros, de los cuales también formamos parte. Yo soy yo y soy los demás. Teniendo en cuenta este principio debemos superar las posturas egoístas, personalistas e individualistas en las que no nos importan los demás.
Hoy hemos aprendido en lecciones de vida o muerte, que no se puede vivir sin pensar en los otros (que finalmente también somos nosotros). Es un hecho irrefutable que esta terrible enfermedad convertida en pandemia nos está dando lecciones muy duras, o aprendemos o nos morimos, así es la cosa. Sin embargo, hay una importante capa de la población que, por alguna extraña razón, no está aprendiendo la lección ni hace su tarea. Lo grave es que no sólo ellos van a pagar las consecuencias, sino y esto es lo peor, nos están haciendo pagar a los demás.
Si se hubieran confinado a tiempo, si hubieran respetado los protocolos de sana distancia, si se hubieran cuidado, nos habrían cuidado a todos y esta pesadilla ya hubiera pasado, pero el hubiera no existe, sólo existe la realidad y no es nada alentadora. No al menos para nosotros que no logramos desarrollar la cultura de la solidaridad a diferencia de Japón que ancestralmente la viven cotidianamente, la han incorporado a su “modus vivendi”, ya es parte de su forma de vida. Para ellos, el respeto a los demás es respetarse a sí mismos, no conciben la idea de faltarle a nadie puesto que se están faltando a sí mismos, esa forma de vida tan armónica ha colaborado para que erradiquen la pandemia en menos tiempo y con consecuencias menores.
Hace mucho tiempo, les platiqué la manera tan armónica y solidaria que teníamos en el pueblo para vivir. Muchas de las actividades se hacían en forma comunitaria, de hecho, las casas siempre estaban abiertas para todos y en la mesa había pan para todos también. “Pásele, échese una mascadita”, era la expresión obligada cuando llegaba alguna visita inesperada, que lo eran siempre, aquí no teníamos protocolos para visitar a nadie, simplemente llegábamos y éramos bien recibidos. Pues en esa época, era común que se juntaran los señores para ayudar a reparar el techo de alguien, o la cerca caída, o a reparar la casa, etcétera. Todos participaban con entusiasmo, ya les tocaría después.
Las señoras se reunían también, por ejemplo, para elaborar la comida de la boda ya fuera el mole o la ensalada de pollo con la de coditos, mientras los hombres habilitaban en el patio, la enramada para el baile. Igual se juntarían después para confeccionar la colchoneta de la recién casada, desde lavar, cardar y tender la lana sobre la tela para después sentadas todas alrededor de los bastidores en los que estaba cosido el lienzo, se pusieran a pespuntear sobre las líneas del dibujo. Esas reuniones eran ocasión para platicar, comentar y chismear de todo, eran las redes sociales de la época.
Si hubiéramos logrado que esas antiguas costumbres tan solidarias persistieran hasta nuestro tiempo, tendríamos actitudes mejores y podríamos afrontar esta contingencia con mejores condiciones y resultados, lamentablemente ya queda muy poca gente con esas ideas y costumbres, el pueblo es otro y su gente también. Sin embargo, podemos aprovechar esta pandemia como la oportunidad para recrearnos, hacer que renazca ese pueblo solidario en el que todos nos conocíamos y nos queríamos, ese pueblo que gracias a su unidad ha llegado hasta donde estamos ahora, como la aduana más importante del país y una de las más importantes también a nivel mundial.
El planeta necesitaba un respiro, una tregua, una oportunidad para regenerarse, estaba muy lastimado, degradado y no podía más. Es increíble cómo al mantenernos encerrados la mayoría de la población, al cerrar fábricas, comercios, centros turísticos y paralizar el mundo, nuestro planeta pudo al fin respirar aire puro, sin tanta contaminación, los animales regresaron a los hábitats naturales, de los que los habíamos despojado en la loca obsesión por crecer aceleradamente. Ahora sabemos que todo eso sale sobrando si no tenemos libertad, si no respetamos a la Tierra que es nuestra casa, que de nada sirvió todo el daño que le hicimos al planeta. Que nada sirve si no es necesario y esencial.
Todo esto me hace recordar con frecuencia la frase de la abuelita de Jorge: “No semos nada jito, y si semos, semos bien poquito”. Ahí está toda la filosofía de nuestros abuelos y la verdad de la vida.
Gracias amable lector por su gentileza de detenerse en estas líneas, le deseo un espléndido fin de semana en familia, disfrútela, es la única verdad.

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