El Mañana

domingo, 18 de agosto de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Todo el peso de la ley

27 mayo, 2019

Facilda Lasestas era de cuerpo complaciente. Casada por ambas leyes, el lazo del matrimonio no le redujo la circulación, antes bien pareció estimular sus complacencias. Cierto día sintió un vago asomo de remordimiento que la llevó a confesarse con el padre Arsilio. Le dijo en el confesonario: “Acúsome, padre, de que he engañado a mi marido”. Inquirió el bondadoso sacerdote: “¿Cuántas veces?”. Facilda se amoscó. “Padre -le dijo en tono de molestia-. Pensé que iba usted a confesarme, no a encuestarme”… El juez conoció el caso de un ladrón. Le dijo: “Está usted acusado de haber robado 20 pesos. ¿Qué puede alegar en su defensa?”. “¡Compadézcase de mí, señor juez! -clamó con desesperación el infeliz-. ¡Robé ese dinero por hambre, para comprar un pan!”. El juzgador se conmovió. Le dijo: “El robo famélico es una circunstancia excluyente de responsabilidad. Dijo Gayo: Semper in dubiis benigniora praeferenda sunt. En caso de duda debe aplicarse el criterio más favorable al acusado. En esos términos sólo por esta vez lo beneficiará la clemencia del tribunal. Queda libre, pero si reincide haré caer sobre usted todo el peso de la ley. Da mihi factum, dabo tibi jus. Dame el hecho; te daré el Derecho”. El ladrón se fue dando profusamente las gracias a su señoría. Llamó el juez al siguiente indiciado. Le dijo: “Se le acusa de haber robado 500 millones de pesos”. Clamó el tipo: “¡Compadézcase de mí, señor juez! ¡También yo robé por hambre!”… El productor de cine llamó a la aspirante a estrella: “Tengo un papel muy bueno para ti. Vayamos a mi departamento. Ahí te leeré el script”. Replicó la muchacha, suspicaz: “No acostumbro ir al departamento de los productores”. “Qué lástima -dijo entonces el productor-. Ahora que lo pienso, eres demasiado alta para ese papel”… Al pobre de Augurio Malsinado lo persigue de continuo un hado adverso. Fue a una casa de mala nota y contrató a una de las mujeres que ahí prestaban sus servicios. Ella le pidió el pago por adelantado. Luego, ya en el cuarto, le dijo: “Lo siento. Hoy no. Me duele la cabeza”… El tren iba a su máxima velocidad y entró en un túnel. Babalucas exclamó con alivio: “¡Qué bueno que el maquinista le atinó al agujero, si no qué chinga nos hubiéramos puesto!”… El joven Pitorrango conoció en el bar de moda a una chica, y después de invitarle varias copas -champaña, pidió ella- la invitó a ir con él al solitario sitio llamado El Ensalivadero, lugar alejado de la ciudad en el cual las parejitas se entregaban a expansiones prematrimoniales. En el asiento de atrás del automóvil se efectuó un trance que no describo aquí por escrúpulos de moralina, pero que mis cuatro lectores imaginan ya. Acabado el ocasional connubio la muchacha le dijo a Pitorrango: “Olvidé comentarte que soy prostituta. Me dedico a esto profesionalmente. Son mil pesos de la follada”. Replicó Pitorrango: “Y yo olvidé comentarte que soy taxista, también de profesión. Si no quieres caminar de regreso a la ciudad son mil pesos de la dejada”… En la reunión de mujeres dijo una: “Me prometí a mí misma no hacer el amor con nadie hasta encontrar al hombre perfecto”. Opinó otra: “Eso debe ser muy difícil”. “Para mí no lo es -declaró la primera-. Pero mi marido está bastante molesto”… Don Cornulio llegó a su casa cuando no se le esperaba y encontró a su mujer celebrando el H. Ayuntamiento con un desconocido. En paroxismo fúrico le espetó a la pecatriz los nombres de algunas famosas cortesanas: “¡Friné! ¡Cleopatra! ¡Thais! ¡Mesalina!”. “Ay, Cornulio -replicó ella, impaciente-. ¿Acaso no te has dado cuenta de que estamos viviendo tiempos de alternancia?”… Tres amigos hablaban acerca de la amenaza nuclear. Preguntó uno: “¿Qué harían ustedes si supieran que en cinco minutos iba a caer una bomba atómica?”. Respondió uno: “Yo me follaría a lo primero que se moviera”. Dijo el otro: “Y yo me quedaría quietecito”… FIN.