El Mañana

miércoles, 21 de agosto de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Un abrazo a mi ciudad

26 julio, 2019

Extraños ruidos escuchó el esposo al entrar en la alcoba donde su mujer yacía en el lecho desnuda y en estado de inexplicable agitación. Recelando lo peor miró tras las cortinas y dijo: “Aquí no hay nadie”. Fue al baño y dijo: “Aquí no hay nadie”. Abrió el clóset y vio a un individuo que le apuntaba con una pistola escuadra. Volvió a cerrar la puerta y dijo: “Aquí tampoco hay nadie”… “¡Cantinero! -clamó llena de enojo la mujer que bebía en el bar, sola-. ¡Este borracho me insultó! ¡Me dijo que tengo cara de lavativa!”. “No haga usted caso, señora -respondió el de la cantina-. Acepte, por cortesía de la casa, esta copa de agua tibia”… Doña Macalota le contó a su vecina: “Jamás he hecho el amor con otro hombre aparte de mi marido”. Comentó la otra: “No presumas”. “No estoy presumiendo -contestó doña Macalota-. Estoy quejándome”… Siempre ando en las nubes. Quiero decir que con frecuencia viajo en los aviones, cruzando los aires con vuelo veloz. A mi edad -por ella doy las gracias- ya debería yo estar en una mecedora, con una cobijita en el regazo, frente a la chimenea, en la mano una taza de té y a mis pies un perro Cocker o Setter irlandés. Jamás obedecí el imperioso mandato de mi pequeña nieta que me reprendía, severa, apuntando hacia mí su índice admonitorio: “Abuelito: ya te tengo dicho que no viajes tanto”. A lo que sí hice caso fue al apotegma inglés o norteamericano que enseña con escueto laconismo: “Who retires, expires”. El que se retira, expira. Yo expiraría si no siguiera escribiendo y perorando, cosas que para mí son como respirar. He caminado muchas leguas, y sigo aún en la legua. En ella seguiré mientras conserve la salud y el afecto de mis cuatro lectores. Hoy, por ejemplo -y por desgracia-, no estaré en Saltillo. Me toca hablar en la Ciudad de México ante los alumnos y maestros de una institución de educación superior auspiciada por la Cámara Nacional de la Industria de la Construcción, organismo que tantas y tan buenas cosas ha hecho por México. No podré estar, entonces, en la celebración del cumpleaños número 442 de mi ciudad. Mi viaje me impedirá unirme al homenaje que se rendirá, post mortem, a un querido e inolvidable amigo, Roberto Orozco Melo, cuyo recuerdo guardo entre los mejores de mi vida. No disfrutaré de la belleza, la voz y el sentimiento de Guadalupe Pineda, artista a la que admiro y quiero aun sin conocerla y que esta noche cantará en Saltillo, para regalo y don de mis paisanos. Bernard Shaw dijo al recibir la invitación a un acto oficial: “Ya que no puedo estar en espíritu estaré en cuerpo”. Yo digo al revés: ya que no puedo estar físicamente asistiré en espíritu en los actos celebratorios de aquel aniversario. Regresaré después de cumplir mi compromiso y le daré un abrazo a la ciudad. Y si alguna vez tengo la fortuna de encontrarme con Lupita Pineda le diré que la admiro grandemente, igual que todo México y todos los países donde se canta en español… Un hombre llegó apresuradamente a la clínica de maternidad. La mujer con la que iba estaba a punto de dar a luz. Le preguntó al sujeto una enfermera: “¿Cuál es el nombre de su esposa?”. Preguntó a su vez el individuo: “¿Es necesario involucrarla a ella en este asunto?”… Don Tomaso, señor octogenario, apareció en la puerta que conducía al sótano de su casa, donde tenía su laboratorio de químico aficionado. Iba completamente en pelotier, o sea sin ropa, y lucía en la entrepierna una mayestática erección que habría envidiado un joven de 20 años. Le dijo a su señora, que lo miraba estupefacta: “A ver qué dices ahora de los que llamas mis estúpidos experimentos”… FIN.