El Mañana de Nuevo Laredo

Padre Leonardo López Guajardo

Compartiendo Opiniones

Padre Leonardo López Guajardo

16 septiembre, 2020

Un Grito inédito



Y ¡vaya que sí! Ninguno de nosotros imaginamos que ocurriría algo así. Sin cohetes, sin música, sin desfile y sin arengas. Para muchos pasará inadvertido.

Pero también significa un tiempo de una lucha difícil contra el desánimo y la incertidumbre, que han paralizado nuestras vidas. Una lucha que no elegimos, pero a la cual, debemos enfrentar.

“La crisis que estamos viviendo a causa de la pandemia golpea a todos; podemos salir mejores si buscamos todos juntos el bien común; al contrario, saldremos peores. Lamentablemente, asistimos al surgimiento de intereses partidistas.

“Algunos aprovechan la situación para fomentar divisiones: para buscar ventajas económicas o políticas, generando o aumentando conflictos. Otros simplemente no se interesan por el sufrimiento de los demás, pasan por encima y van por su camino, se lavan las manos.

“La respuesta cristiana a la pandemia y a las consecuentes crisis socio-económicas se basa en el amor. Amo no sólo a quien me ama, sino también a los que no me aman, a los que no me conocen, a los que son extranjeros, y a los que me hacen sufrir o que considero enemigos. El amor verdadero, que nos hace fecundos y libres, es siempre expansivo e inclusivo. Este amor cura, sana y hace bien. Es el amor inclusivo que sana.

“Por tanto, el amor no se limita a las relaciones entre dos o tres personas, va más allá. Incluye las relaciones cívicas y políticas, incluso la relación con la naturaleza. Como somos seres sociales y políticos, una de las más altas expresiones de amor es la social y política, decisiva para el desarrollo humano y para afrontar todo tipo de crisis. Sabemos que el amor fructifica a las familias y las amistades; pero está bien recordar que fructifica también las relaciones sociales, culturales, económicas y políticas, permitiéndonos construir una ‘civilización del amor’.
“Sin esta inspiración, prevalece la cultura del egoísmo, de la indiferencia, del descarte, es decir descartar lo que yo no quiero, lo que no puedo amar o aquellos que a mí me parece que son inútiles en la sociedad. Y los enemigos, los adversarios políticos, según nuestra opinión, parecen ser discapacitados políticos o sociales, pero parecen. Sólo Dios sabe si lo son o no. Pero nosotros debemos amarles, debemos dialogar, debemos construir esta civilización del amor, esta civilización política, social, de la unidad de toda la humanidad. Todo esto es lo opuesto a las guerras, divisiones, envidias, también de las guerras en familia. El amor inclusivo es social, es familiar, es político.

“El coronavirus nos muestra que el verdadero bien para cada uno es un bien común. La persona es más persona, precisamente cuando el propio bien lo abre a todos, lo comparte. La salud, además de individual, es también un bien público. Una sociedad sana es la que cuida de la salud de todos.

“Un virus que no conoce fronteras, debe ser afrontado con un amor sin barreras. Este amor puede generar estructuras sociales que nos animen a compartir más que a competir, que nos permitan incluir a los más vulnerables y no descartarlos, y que nos ayuden a expresar lo mejor de nuestra naturaleza humana y no lo peor. De hecho, cuando amamos y generamos creatividad, cuando generamos confianza y solidaridad, es ahí que emergen iniciativas concretas por el bien común. Lo que se hace en familia, lo que se hace en el barrio, lo que se hace en el pueblo, lo que se hace en la gran ciudad e internacionalmente es lo mismo: es la misma semilla que crece y da fruto. Si tú en familia, en el barrio empiezas con la envidia, con la lucha, al final habrá la ‘guerra’. Sin embargo, si tú empiezas con el amor, a compartir el amor, el perdón, entonces habrá amor y perdón para todos.

Al contrario, si las soluciones a la pandemia llevan la huella del egoísmo, ya sea de personas, empresas o naciones, quizá podamos salir del coronavirus, pero no de la crisis humana y social que el virus ha resaltado y acentuado. Para construir una sociedad sana, inclusiva, justa y pacífica, debemos hacerlo encima de la roca del bien común.

“Lamentablemente, la política a menudo no goza de buena fama, y sabemos el porqué. Pero no hay que resignarse a esta visión negativa, sino reaccionar demostrando con los hechos que es posible, es más necesaria una buena política, la que pone en el centro a la persona humana y el bien común. Es posible en la medida en la que cada ciudadano, y de forma particular quien asume compromisos y encargos sociales y políticos, arraigue su actuación en los principios éticos y la anime con el amor social y político.

“Es por tanto tiempo de incrementar nuestro amor social. El bien común requiere la participación de todos. Si cada uno pone de su parte, podremos regenerar buenas relaciones a nivel comunitario, nacional, internacional y también en armonía con el ambiente. Así en nuestros gestos, se hará visible algo de la imagen de Dios que llevamos en nosotros. Con su ayuda, podemos sanar al mundo trabajando todos juntos por el bien común, no sólo por el propio bien, sino por el de todos”.

Estas palabras, pronunciadas por el Papa en la audiencia de la semana pasada, deben servirnos para indicarnos, en estos días tan difíciles, cuál es el camino correcto para luchar por nuestro país. Pero en ello, como siempre, usted tiene la última palabra.

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