El Mañana

viernes, 28 de febrero de 2020

Miguel Rodríguez Sosa
Pasadizo Secreto Miguel Rodríguez Sosa

Un grito silencioso de amistad

15 enero, 2020

La gente de antes aquí en Nuevo Laredo, en esta naciente y
creciente ciudad vivían y convivían casi como si todos se conocieran, por lo
que cuando alguna familia entera salía a dar un paseo, era un hecho el
encontrarse, por lo mismo saludarse entre ellos con mutuo respeto, entonces,
ese amable gesto era prácticamente un grito silencioso de amistad.

Así, iniciaba una charla cordial, amena, en unos minutos se
hacía todo un recorrido de sus vidas, de sus propósitos incluso de sus
tragedias; los niños y niñas y aun sin conocerse entre ellos comenzaban a
interactuar jugando, corriendo, platicando.

Igual pasaba cuando en la esquina se esperaba el camión,
aquellos señores sosteniendo tan sólo su bolsa con su lonche entre sus manos,
era una costumbre comenzar una charla con el de al lado, pláticas tan simples
como en qué barrio vives, de quién eres hijo, en dónde trabajas.

Ah, y si salías conocido, ahí sí que el tiempo se pasaba
volando, ¡a poco es tu hermano el que le dicen el “Mudo”!, ¡entonces eres hijo
de don Florentino el que ropa cosía!, rematando diciendo, oye, seguro eres el
más pequeño pues a ti no te conocía.

Pero los niños y niñas eran mucho más ocurrentes, de aquel
paseo en el Parque Viveros, o por las calles del Centro de Nuevo Laredo y ante
la presencia de algunos conocidos, esos chiquillos eran los primeros que los
veían y gritando casi enfrente de ellos decían, ¡mamá, papá!, ahí van don Román
y doña Ramona, provocando que de inmediato los voltearan a ver y amablemente
saludaran.

Nunca faltaba aquella dama, el acudir muy tempranito a la
frutería y tan pronto entraba, de inmediato el frutero le inquiría ¡buenos días
señora!, ¿qué anda llevando? Verduras, contestándole amablemente y por el
pasillo avanzando.

¡Mire, venga, esta calabacita nos acaba de llegar!,
amablemente el empleado le indicaba a la dama de hogar, y le recalcaba, ayer no
la vi venir, tuvimos la manzana roja tan barata que casi se nos acaba.

A cualquier lugar a donde la gente acudía en esta frontera,
la amabilidad, esa atención, esa cordialidad fluía, por eso todos se conocían o
reconocían, pues se estaba atento a todo, tanto como a ese momento
insignificante, como a esa situación en donde se le pudiera ayudar o apoyar al
semejante.

Es una lástima que actualmente, la mayoría de la población
no preste atención a lo que la gente en la calle, en los negocios, en el diario
vivir en esta frontera realiza, que no platique, que ya no comente, pues tan
sólo se está inmerso en ese aparato electrónico llamado teléfono, manía que
está provocando que surja esa frialdad, ese modo hosco de vivir y convivir con
sus propios semejantes.