El Mañana

sábado, 24 de agosto de 2019

Miguel Rodríguez Sosa
Pasadizo Secreto Miguel Rodríguez Sosa

Un manojo de recuerdos

7 agosto, 2019

Justo cuando el silencio invade los espacios, surge ese preciso momento en que comienzan a llegar esos deseos de querer volver a encontrar ese algo que ya no está, que se fue, por lo mismo se mira hacia arriba, a ese cielo azul para sentir por igual ese viento, alcanzarlo, así detener ese tiempo y arrancarle con las manos un manojo de recuerdos.

Así, uno a uno de esa vida pasajera, comenzar a dividirla y sumar esos bellos momentos, reír por esa niñez pasajera, llorar por esos momentos familiares de tormentos, agradecer por la dicha de poder disfrutar, de ser testigo como un elemento más de ese bendito hogar.

Entonces, poder romper esos pensamientos y comenzar a traer a esa memoria lejanos momentos, para lo mismo transitar por ese camino lleno de vivencias, que juntos atraerán de la vida lo mejor de las esencias.

Recostarse nuevamente en esa agradable cama, y aun con los ojos cerrados mirar con calma, escuchar ese ruido que retumba en la memoria, esa voz melodiosa que semeja a una victoria.

El olor a café que llega, indica que ya amaneció, de pronto, una voz imponente a lo lejos de ese sueño apareció, ¡ya vengan a comer! Ya está el desayuno, como soldaditos entre hermanos y hermanas acudían cada uno.

Ahí aguardaba la madre de familia de esa masa el ablande, para enseñarle cómo se hacía ese panqueque a la más grande, emocionante era que te tomara de la mano y agitara, para sentir esa mezcla cuando su estado cambiara.

No eran “hot cakes” de la negrita, eran de masa para tortillas de harina con agüita, dos pizcas de ingenio de ingrediente, dos porciones de amor del complaciente, la miel, la jefa de familia imitaba a la abuela, hervía el azúcar con dos gotas de paciencia con canela.

Esos son los momentos que a toda vida validan, recuerdos que nunca se van pues en la mente anidan, no se pedía de más al ser eso lo que había, no se soñaba con nada más al ser así como eso se conocía.

Triste es despertar y no ver más aquel mental encuadre, no sentir ya esa voz de una amorosa madre, no sentir el abrazarte, tiernamente en su cuerpo acurrucarte.

Día a día, la gente vive con ese sentimiento, con ese deseo de volver a lo que en su momento disfrutó como hijo, como hija, entonces surge ese deseo de regresar a casa para volver a sentir que por igual formó parte de ese momento, de esa familia, de ese recuerdo.

Pero si el hogar ya no existe, no considerarlo un estado de locura, si por igual se la pasa mirando esa fotografía, ese cuadro familiar colgado en su cuarto, al comprender que para el o ella, de ese pequeño trozo de recuerdo, emana calor, alegría y nostalgia.