El Mañana

viernes, 28 de febrero de 2020

Padre Leonardo López Guajardo
Compartiendo Opiniones Padre Leonardo López Guajardo

Un mensaje navideño

18 diciembre, 2019

Belén: En esta “casa” el Señor convoca hoy a la humanidad.
Él sabe que necesitamos alimentarnos para vivir. Pero sabe también que los
alimentos del mundo no sacian el corazón. En la Escritura, el pecado original
de la humanidad está asociado precisamente con tomar alimento. Tomó y comió. El
hombre se convierte en ávido y voraz. Parece que el tener, el acumular cosas es
para muchos el sentido de la vida. Una insaciable codicia atraviesa la historia
humana, hasta las paradojas de hoy, cuando unos pocos banquetean
espléndidamente y muchos no tienen pan para vivir.

Belén es el punto de inflexión para cambiar el curso de la
historia. Allí, Dios nace en un pesebre. Como si nos dijera: Aquí estoy para
ustedes, como su alimento. No toma, sino que ofrece el alimento; no da algo,
sino que se da Él mismo. En Belén descubrimos que Dios no es alguien que toma
la vida, sino aquel que da la vida. Al hombre, acostumbrado desde los orígenes
a tomar y comer, Jesús le dice: “Tomen, coman: esto es mi cuerpo”. El
cuerpecito del Niño de Belén propone un modelo de vida nuevo: no devorar y
acaparar, sino compartir y dar. Dios se hace pequeño para ser nuestro alimento.
Nutriéndonos de él, podemos renacer en el amor y romper la espiral de la avidez
y la codicia. Desde Belén, Jesús lleva de nuevo al hombre a casa, para que se
convierta en un familiar de su Dios y en un hermano de su prójimo. Ante el
pesebre, comprendemos que lo que alimenta la vida no son los bienes, sino el
amor; no es la voracidad, sino la caridad; no es la abundancia ostentosa, sino
la sencillez que se ha de preservar.

El Señor sabe que necesitamos alimentarnos todos los días.
Por eso se ha ofrecido a nosotros todos los días de su vida, desde el pesebre
de Belén al cenáculo de Jerusalén. Y todavía hoy, en el altar, se hace pan
partido para nosotros: llama a nuestra puerta para entrar y cenar con nosotros.
En Navidad recibimos en la tierra a Jesús: es un alimento que no caduca nunca,
sino que nos permite saborear ya desde ahora la vida eterna.

En Belén descubrimos que la vida de Dios corre por las venas
de la humanidad. Si la acogemos, la historia cambia a partir de cada uno de
nosotros. Porque cuando Jesús cambia el corazón, el centro de la vida ya no es
mi yo hambriento y egoísta, sino él, que nace y vive por amor. Al estar
llamados esta noche a subir a Belén, preguntémonos: ¿Cuál es el alimento de mi
vida, del que no puedo prescindir?, ¿es el Señor o es otro? Después, entrando
en la gruta, individuando en la tierna pobreza del Niño una nueva fragancia de
vida, la de la sencillez, preguntémonos: ¿Necesito verdaderamente tantas cosas,
tantas recetas complicadas para vivir? ¿Soy capaz de prescindir de tantos
complementos superfluos, para elegir una vida más sencilla? En Belén, junto a
Jesús, vemos gente que ha caminado, como María, José y los pastores. En
Navidad, ¿parto mi pan con el que no lo tiene?

Después de Belén casa de pan, reflexionemos sobre Belén
ciudad de David. Allí David, que era un joven pastor, fue elegido por Dios para
ser pastor de su pueblo. En Navidad, en la ciudad de David, los que acogen a
Jesús son precisamente los pastores. En aquella noche “se llenaron de gran
temor”, pero el ángel les dijo: “No teman”. Resuena muchas veces en el
Evangelio este no teman: parece el estribillo de Dios que busca al hombre.

Belén es el remedio al miedo, porque a pesar del “no” del
hombre, allí Dios dice siempre “sí”: será para siempre Dios con nosotros. Y
para que su presencia no inspire miedo, se hace un niño tierno. No teman: no se
lo dice a los santos, sino a los pastores, gente sencilla que en aquel tiempo
no se distinguía precisamente por la finura y la devoción.

Nuestra vida puede ser una espera, que también en las noches
de los problemas se confía al Señor y lo desea; entonces recibirá su luz. Pero
también puede ser una pretensión, en la que cuentan sólo las propias fuerzas y
los propios medios; sin embargo, en este caso el corazón permanece cerrado a la
luz de Dios. Al Señor le gusta que lo esperen y no es posible esperarlo en el
sofá, durmiendo. De hecho, los pastores se mueven: “fueron corriendo”. No se
quedan quietos como quien cree que ha llegado a la meta y no necesita nada,
sino que van, dejan el rebaño sin custodia, se arriesgan por Dios. Y después de
haber visto a Jesús, aunque no eran expertos en el hablar, salen a anunciarlo,
tanto que “todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los
pastores”.

Esperar despiertos, ir, arriesgar, comunicar la belleza: son
gestos de amor. El buen Pastor, que en Navidad viene para dar la vida a las
ovejas, en Pascua le preguntará a Pedro, y en él a todos nosotros, la cuestión
final: “¿Me amas?”. La respuesta de cada uno es esencial para todo el rebaño.

También nosotros, Señor, queremos ir a Belén. El camino, también hoy, es en subida: se debe superar la cima del egoísmo, es necesario no resbalar en los barrancos de la mundanidad y del consumismo. Quiero llegar a Belén, Señor, porque es allí donde me esperas. Y darme cuenta de que tú, recostado en un pesebre, eres el pan de mi vida. Necesito la fragancia tierna de tu amor para ser, yo también, pan partido para el mundo. Tómame sobre tus hombros, buen Pastor: si me amas, yo también podré amar y tomar de la mano a los hermanos. Entonces será Navidad, cuando podré decirte: “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo”.

padreleonardo@hotmail.com

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