El Mañana

domingo, 26 de enero de 2020

Miguel Rodríguez Sosa
Pasadizo Secreto Miguel Rodríguez Sosa

Un urbano emocionante

27 noviembre, 2019

Aún no amanecía y ya se estaba levantando para después de
asearse ponerse su uniforme, los zapatos eran brillantes, el pantalón tenía una
tirita de color en cada uno de los lados, portaba un cinto con una gruesa
hebilla y la camisa, esa le daba un porte de autoridad, pues traía unos broches
plateados, lo complementaba y bien con un raro sombrero, todo esto para manejar
un urbano emocionante.

No había tiempo para almorzar, por lo mismo la esposa amable
y cuidadosamente le colocaba su lonche en una bolsa de papel, de la Buenavista
hasta la central en donde le esperaba su unidad, en bicicleta sí que era largo
y estresante.

Pero el pedalear le hacía sentir el obtener ese necesario
ejercicio para aguantar la dura jornada del día; ya había pasado la colonia
Hidalgo, estando en ese paso a desnivel de los Niños Héroes en su bajada
agarraba vuelo, tramo en el que lograba un momento sus piernas descansar, pero
la subida sí que era difícil, por lo mismo la Dr. Mier era su peor sufrimiento.

El sol ya casi comenzaba a calentar, el lonche a enfriar, y
al su destino llegar, colocaba cuidadosamente su bicicleta bajo ese techo en
donde nadie la tocaba, después y por ese camino protegido por esa pared de rojo
ladrillo, ahí justo al fondo estaba su adorado camión.

Ansiaba subirse a él, pero el checador le advertía de una
llanta medio baja, le recordaba echarle agua al radiador y darle una limpiada
al interior, el chiclero su paso le interrumpía suplicándole dejarle vender tan
pronto subiera el pasaje, asintiendo que sí, ahí desde ese momento se sentía el
chofer un personaje importante.

El patrón le daba la llave del encendido, objeto que por
igual “encendía” sus emociones, le daba instrucciones, y así, iniciar esa
travesía dando un servicio por esa ciudad que emergía.

Verificaba su ruta, su número económico, su dotación de
boletaje que coincidía ya lo traía en un morralito, así nada se le perdía,
cuadra tras cuadra recogía su pasaje, siempre eran los mismos, desde esa tierna
ancianita con su morral de malla, hasta esa madre con numerosos hijos que
apresurada siempre subía.

Después de “atravesar” varias colonias, ahí justo en la mera
esquina y como siempre aquella jovencita esperaba, levantaba el brazo, una
señal de parada le indicaba, con cuidado abordaba el camión, por ser su hija,
una cortesía le daba.

Le abría la puerta, de inmediato se sentaba y miraba a su
padre manejar, la piel se le enchinaba, pues de eso se sentía orgullosa, por el
espejo retrovisor él por igual la observaba.

La música sonaba algo fuerte, esa era la costumbre, el
camión traía de adorno unos colguijes, así como motitas de colores, una imagen
religiosa para que lo cuidara, la varilla de los cambios también estaba
adornada.

Este era el Nuevo Laredo
que emergía en la década de los años sesenta, setenta, ese era el tipo de gente
que habitaba esta frontera, estas eran sus costumbres, ¿así lo recuerda usted?