El Mañana

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Una excelente vista

7 noviembre, 2019

“Di la verdad y luego corre”, aconseja un antiguo
proverbio yugoslavo. Doña Macalota salió de la ducha y se miró en un espejo de
cuerpo entero. (Lo cierto es que para verse necesitaba un espejo de dos cuerpos
enteros). Le dijo a don Chinguetas, su marido: “Me veo vieja, gorda y fea. Dime
algo que me levante el ánimo”. Le dice el desalmado: “Tienes una excelente
vista”… Vivir con un santo o -peor todavía- con una santa, debe ser muy
aburrido, pero puede llevar a cualquiera a alcanzar la santidad, si es que
ejerce la encomiable virtud de la paciencia. Avidio casó con Goretina, piadosa
joven dada a las devociones. Con tal asiduidad se entregaba la muchacha a sus
ejercicios de piedad -triduos, novenas, octavarios- que se olvidaba de darle de
comer a su marido, y tampoco le daba de follar, si me es permitida esa
expresión que en jerga de rufianes equivale, en orden alfabético, a arrempujar,
bombear, celebrar un H. Ayuntamiento, changar, desgastar el petate, enchufar,
follar, gerquear, hacer el foqui foqui, ir a desvencijar la cama, jugar al
balero, lijar, machucar, ninfar, ñoquear, ocuparse, piravar, quilombear,
revisar los interiores, subir al guayabo, trincar, untar, venerear, yogar o
zoquetear. Las cosas de tejas arriba, digo yo, son muy buenas si por ellas no
se olvidan las de abajo. Y de las cosas de abajo -lo digo sin segunda
intención- estaba muy olvidada Goretina. Por tal motivo el matrimonio se iba a
pique, pues Avidio no tenía nada qué picar, tanto en el sentido de comer como
en el de sedar la natural concupiscencia de la carne. De soltero tal sedación
estaba al alcance de su mano, pero ahora le parecía impropio de su condición de
hombre casado recurrir a ese expediente, que no deja de tener algo de
solipsismo. Es cierto que con dicho sistema de self service no tienes que
hacerle conversación a nadie después de concluida la ocasión, ni dar las
gracias, ni pagar. Tampoco debes preocuparte de las eventuales consecuencias
del erótico suceso, a la manera de aquel chico llamado Garañel que le dijo con
acento burlón a la muchacha luego de terminar el amoroso trance: “Si de esto te
resulta algo le pones Garañel”. Respondió ella: “Y si de esto te resulta algo a
ti le pones penicilina”. El caso es que Avidio, que amaba con ternura a
Goretina, quiso salvar el matrimonio, y con su esposa acudió a la consulta de
un celebrado consejero familiar, hombre de mucha experiencia, pues se había
casado cinco veces, tres de ellas con mujer. El especialista los entrevistó por
separado. Avidio entró primero, y le contó su problema al doctor Duerf, que tal
era el nombre del facultativo. En lo tocante al sexo, le informó, su esposa era
una monja: nunca quería hacerlo. “En ese caso, joven -suspiró con doliente tono
el médico- yo estoy casado con la madre superiora. Mi mujer piensa que el sexo
es algo sucio. De nada me ha servido prometerle que me pondré gel
antibacteriano ahí”. “Yo -repuso el joven- soy respetuoso de las creencias y
costumbres de mi esposa, de modo que sólo le pido relaciones una vez al mes.
Aun así ella se niega: dice que sólo me admitirá en su lecho dos veces al año:
el equinoccio de otoño y el de primavera”. “Pues lo envidio bastante, amigo mío
-replicó el consejero-. La mía me recibe únicamente los días 29 de febrero,
vale decir una vez cada cuatro años. Lo peor es que a veces olvido la fecha, y
ella no me dice nada. Siento pena al decirlo, pero ahora traigo un cordoncito
atado a la alusiva parte a fin de no olvidar el día la próxima ocasión”.
Ofreció el muchacho: “Si usted me da su correo electrónico me comprometo a
enviarle un memo la víspera de esa importante fecha”. “Es usted muy amable
-agradeció el terapeuta-, pero confío en que no me falle el cordoncito. En fin,
permítame ahora hablar con su esposa, a fin de oír su punto de vista sobre la
cuestión”. Salió el muchacho, y Goretina entró. El doctor Duerf anotó el nombre
de la chica en su hoja clínica, y escribió luego al tiempo que decía en voz
alta: “Paciente del sexo femenino”. “¡Ah, hombres! -exclamó con disgusto la
piadosa joven-. ¡No piensan en otra cosa más que en sexo!”. El médico no hizo
caso de la observación y le dijo a Goretina: “Entiendo, señora, que su esposo
le pide sexo una vez al mes”. “Así es, doctor -respondió ella, apenada-. Pero
yo no tengo la culpa, créame. ¿Cómo podía yo saber que mi futuro esposo era un
maniático sexual?”… FIN.