El Mañana

domingo, 25 de agosto de 2019

Guadalupe Loaeza
Artículo Guadalupe Loaeza

Una huésped odiosa

2 agosto, 2019

Hacía mucho tiempo que no me visitaba. Incluso llegué a pensar que nunca más se cruzaría en mi camino. Cuán equivocada estaba, hace aproximadamente una semana me topé con ella. Me estaba esperando en mi recámara, estaba a punto de recostarme cuando, de pronto, sentí su presencia. Tardé dos minutos en detectarla. “Han de ser cosas de mi cabeza”, me dije como para ahuyentarla. No había duda, era ella, la peor de mis enemigas.

-¿Por qué llega así de repente, sin avisarme con anterioridad? Me pudo haber mandado una pequeña señal para que tomara mis precauciones -pensé irritada. Conforme pasaban los minutos su presencia se fue haciendo cada vez más desagradable. Me volteaba de un lado y luego del otro, era inútil, ella seguía allí, recostadota, a mi lado, como si nada.

-Tengo muchos medios para hacerte desaparecer: tirarte a Lucas, recurrir a un magnífico antídoto, o bien llamar a un experto cuya experiencia en estos casos es innegable. La verdad es que ya no me impresionas. Te confieso que cuando te conocí hace unos años, sí me impresionaste por tu fuerza y tu perseverancia. Entonces te quedaste en mi casa más de tres meses. Ya no te aguantaba. A todo el mundo le hablaba pésimo de ti. Les decía que eras de lo peor, que no tenías ni un ápice de compasión y que nadie te quería. Todavía me pregunto cómo pude soportarte por tanto tiempo.

-Cuando más te detestaba era en las noches. Por más que hacía todo para distraerme, no había manera de ignorarte. En esa época, no sé cuántas películas de nostalgia vi sin que ninguna me distrajera del todo; entre más me concentraba para leer, más sentía tu odiosa presencia. Cuando venían mis hijos y nietos a verme, terminaba por pedirles que por favor se fueran, no quería que me vieran con esa cara de dolor de estómago. Pobre de mi marido, todo el día me quejaba con él y, claro, siempre terminábamos peleando.

-Es tu culpa -me decía-, se diría que hiciste todo para que se instalara entre los dos. Cuántas veces te pedí que no le abrieras la puerta, que se trataba de una huésped indeseable. Nunca te has preguntado ¿cuántos años de calidad de vida nos quedan a ti y a mí? ¿Cuántas veces te he dicho que por favor ya no invites a la casa, especialmente, a huéspedes tan dañinas? Conste que te lo advertí, basta con que un buen día se aparezca para que nunca más se quiera ir. Y, por favor, ya déjate de quejar… ¿Sabes qué? Ahora sí, ya me cansé…

La verdad es que sus palabras me llegaban hasta el fondo de mi corazón. En el fondo, sabía que él tenía razón. Que no había sido lo suficientemente cauta para evitarla.

-Tú mejor que nadie sabes que este tipo de huéspedes llegan así de repente. Yo nunca la invité. ¡No estoy loca! Es más, antes jamás había oído hablar de ella. Por increíble que te parezca, ni mi mamá ni mis hermanas tenían idea de su existencia.

Cuando le platiqué a mi familia que un buen día se me había aparecido, me dijeron: “Ay, qué raro. Solamente a ti te pasan esas cosas tan extrañas. ¿Y ahora qué vas a hacer?”, me preguntaban extrañados.

-Informarme acerca de este tipo de huéspedes. Leer mucho a propósito de sus características. Preguntarles a mis amigas si han oído hablar de ella, o si la conocen. Y tener paciencia hasta que se vaya. Porque así como vino, se tiene que ir.

-Mamá, para ahuyentar a tu huésped tan indeseable, ¿ya trataste con la mariguana? -me preguntó un día mi hija.

-¿Tú crees que sirva? ¿Dónde se compra? ¿Tú tienes? ¿A poco tienes? ¿Por qué no me traes? ¿Tomada o untada? La que me propones ¿es con fines lúdicos o medicinales? ¿Y qué tal si le gusta a mi huésped y menos se quiere ir? Déjame y lo consulto con la almohada y luego te aviso.

-¡Ay, ma…! -agregó Lolita y me colgó.

Mientras escribo esto, sé que anda por allí. A lo lejos, percibo sus pasos y me aterro. Lo que no sabe mi huésped odiosa es que hoy, a las cuatro en punto, me voy a despedir de ella por completo. A esa hora, me harán un bloqueo de las articulaciones facetarias, una sacroilíaca y una neuroplastía, para que desaparezca el dolor de una especie de ciática.

Mi peor enemiga y tal vez, hélas!, la de muchos lectores y lectoras. El martes les cuento qué tal me fue…

gloaezatovar@yahoo.com