El Mañana de Nuevo Laredo

Catón

De política y cosas peores

Catón

4 agosto, 2020

Una mayéutica sui generis



Afrodisio Pitongo, hombre salaz, libidinoso y lúbrico, invitó a Susiflor a un paseo por el campo. A la vista de las bellezas naturales la linda joven prorrumpió en expresiones de entusiasmo: “¡Ah, el límpido arroyuelo! ¡Ah, el ameno prado! ¡Ah, la hierba mojada por el rocío matinal!”. “Traigo una cobija” -la interrumpió Pitongo-… Desde que estaba yo en la Secundaria me apliqué al estudio del inglés. Mi sueño -uno de los muchos que tenía- era conocer el mundo y para eso necesitaba hablar la lengua inglesa, aunque fuera en su versión americana. Me dediqué entonces a aprenderla. Ponía especial atención a las clases de la señorita Sutton, y por las noches asistía a la escuela que establecieron los mormones cuando llegaron a Saltillo. A más de eso me suscribí al periódico The Laredo Times, y en las librerías de viejo compraba ejemplares antiguos de The Reader’s Digest. Subrayaba con lápiz rojo las palabras cuyo significado desconocía y las consultaba en el Webster. Oí mil veces los discos del curso de inglés de la Hemphill Schools, y vencía mi timidez a fin de entablar conversación con los turistas norteamericanos, y de ese modo practicar la lengua. Donde aprendí más vocabulario, sin embargo, fue en el libro de Ollendorff, que alguna vez he mencionado aquí. El método de este señor tendía a dotar al estudiante del mayor número posible de palabras. Para eso se valía de una mayéutica sui géneris que consistía en hacer preguntas cuyas respuestas no guardaban relación alguna con lo preguntado. “¿Quién tiene el paraguas del vicario?”. “La cofia de la mucama la guarda el mayordomo”. Y así. Cuando una parte de lo que se dice no tiene relación con otra se cae en el absurdo. “Asistí a un encuentro de poetas surrealistas”. “¿Cuántos fueron?”. “Noviembre”. Mi querido primo Alberto, médico, hizo su servicio social en un remoto rancho. Una anciana campesina fue a consultarlo. “Me duele la cabeza” -le dijo escuetamente-. Tras el correspondiente examen -la señora tenía fiebre- Beto le dijo que le iba a poner una inyección. Quiso saber la doña: “¿Dónde me la va a poner?”. “En una sentadera” -le informó el joven médico-. Preguntó en tono beligerante la mujer: “¿Y qué chingaos tienen que ver las nalgas con la cabeza?”… Don Lumbagio le contó a un amigo que la ciática no lo dejaba dormir. “Así son las orientales” -comentó el amigo, que no entendió bien lo que le dijo don Lumbagio-. Luego le recomendó a un sobador que, le aseguró, curaba todo tipo de reumas y achaques similares. Fue con el curandero don Lumbagio y le pidió que le informara en qué consistía su tratamiento. Explicó el tipo: “Hago que el paciente se tienda bocabajo en un lecho de piedras. Luego bailo sobre sus espaldas una danza de mi tribu. Enseguida tomo una estaca y le golpeo con ella los lomos. Enseguida le echo encima un balde de agua helada y otro de agua hirviendo. Finalmente lo hago beber un litro de aceite ricino”. Preguntó, inquieto, don Lumbagio: “¿Y con eso se curan los pacientes?”. “Supongo que sí -aventuró el sobador-. Ninguno ha vuelto para una segunda sesión”… Afrodisio Pitongo, hombre proclive a los deleites de la carne, le pedía con insistencia a Dulcibel la dación de su más íntimo tesoro. La muchacha se resistía tenazmente, pero el salaz galán repetía sus instancias. Le preguntaba con untuoso acento: “¿Acaso temes cortarle una flor a la vida?”. Respondía Dulcibel: “A la flor no le temo. A lo que le tengo miedo es al fruto”. Tanto porfió el obstinado galán que por fin la joven se rindió al asedio. “Está bien -le dijo al seductor-. Pero lo haremos de pie sobre una hamaca”. “¿Por qué?” -se sorprendió Afrodisio-. Explicó ella: “No quiero que vayas a pensar que soy una mujer fácil”… En el teléfono de emergencia se recibió una angustiosa llamada: “¡Por favor, envíen a alguien, policía, bombero o rescatista, a Fresno Oriente 412! ¡Acaba de maullar un gato frente a la ventana abierta!”. Replicó la encargada: “¿Y por un gato que maulló quiere que vayan allá los rescatistas, los bomberos o la Policía?”. “¡Sí! -clamó la voz-. ¡Soy el perico de la casa, y estoy solo!”… FIN.

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