El Mañana

jueves, 23 de mayo de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Una ‘medecina’ para el atoro

3 mayo, 2019

Dulcibella y Pitorro se casaron. Bien pronto la flamante desposada se dio cuenta de que su marido era insaciable en la cuestión del sexo. Todos los días la procuraba, sin faltar ninguno, y en ciertas fechas especiales -un cumpleaños, la fecha de su boda, el aniversario de la batalla de Acultizingo- la requería dos y hasta tres veces. La pobre Dulcibella andaba ya toda derrengada -me resistí a usar el plebeo término “desguanguilada”-, como la gallinita a la que el gallo le exigía poner huevos de 2 pesos, siendo que las demás los ponían sólo de uno. Así un día le dijo a su esposo: “A partir de hoy sólo haremos el amor tres veces por semana”. “Está bien -concedió el tal Pitorro-. Entonces vendré a la casa cada tercer día”… La señora dio a luz a una linda bebé. En tono terminante le anunció a su cónyuge: “La niña se llamara Herbenegalda. Así se llamaba mi abuelita, la mamá de mi madre”. Al señor, claro, ese nombre le pareció espantoso. Imaginó las penalidades que su hija iba a sufrir por causa de ese singular apelativo. Pero conocía bien a su mujer, y actuó en consecuencia. Exclamó con simulada alegría: “¡Qué bueno que pensaste en ese nombre! ¡Así se llamaba una novia que tuve, mujer a la que quise mucho!”. Al punto la señora se corrigió: “Pensándolo mejor la niña se llamará María. Así se llamaba mi otra abuelita, la mamá de mi padre”… Don Soreco Nacatzátzatl era más sordo que una tapia. Que una tapia sorda, aclaro, pues hay paredes que oyen. En cierta ocasión el papá de su nieto le informó que le iban a hacer al niño una piñata con motivo de cumplir 10 años. Manifestó don Soreco: “A los 10 años yo ya me hacía eso sin participación de mis papás” (No le entendí)… Tabu Larrasa y su esposo Diminucio sufrían de cortedad en partes muy sensibles. Ella casi no tenía busto; él estaba muy desposeído en la parte correspondiente a la entrepierna. (En cierta ocasión hubo de consultar a un urólogo, y el facultativo tuvo que recurrir a una lupa para efectos del examen clínico). Cierto día los dos esposos caminaban por la playa y las olas arrojaron a sus pies una lámpara de forma extraña. Doña Tabu la frotó para limpiarla, y de la lámpara emergió un genio del Oriente. Con voz grave les habló el gigante: “Me habéis librado de mi prisión eterna. A cada uno os concederé un deseo”. Pidió al punto la mujer: “Quiero tener bubis más grandes”. ¡Zoom! El busto le creció hasta alcanzar la medida del de Dolly Parton. Dijo el hombre: “Yo quiero que mi atributo de varón llegue hasta el suelo”. ¡Zoom! Las piernas se le acortaron… Don Poseidón, ranchero acomodado, acudió a la consulta del doctor Ken Hosanna. “Busco algo para el estreñimiento”. El facultativo precisó: “Querrá usted decir constipación, apretura de vientre, astricción, coprostasis, obstrucción, estipiquez o estipticidad y obstipación”. “No sé qué sea todo eso -se atufó el vejancón-, pero quiero una medecina (así dijo) para el atoro”. Contestó el de la farmacia: “Le prepararé un preparado (así dijo). Mientras tanto disfrute este sabroso refresco de zarzaparrilla, cortesía de la casa”. Bebió don Poseidón el tal refresco, pues en la ciudad sentía siempre mucha sed. El farmacéutico vio cómo lo apuraba. Le preguntó don Poseidón: “¿Y la medecina para el estreñimiento?”. “Se la acaba usted de tomar -respondió el hombre, sonriente-. El refresco que le di es en realidad un poderoso purgante. Vaya ahora mismo a su casa, pues la purga no tardará en hacer efecto”. “¡No cabe duda! -exclamó don Poseidón, admirado-. Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. Pero permítame hacerle tres observaciones”. “Adelante” -concedió el farmacéutico. Enunció don Poseidón: “Primera: a mí las purgas me hacen un efecto instantáneo. Segunda: mi casa está a 50 kilómetros de aquí. Y tercera: ¡la medecina no era para mí, grandísimo indejo! ¡Era para mi señora!”… FIN.