El Mañana

miércoles, 21 de agosto de 2019

Adolfo Mondragón
Cosas de mi pueblo y del otro lado Adolfo Mondragón

Vacaciones en los dos Laredos

6 julio, 2019

En el otro lado, las vacaciones iniciaron desde finales de mayo, aquí apenas en estos días, pero durante julio y agosto estarán de vacaciones todos los chiquillos de los dos Laredos, para beneplácito de los maestros y tormento de los padres que no saben qué hacer con la algarabía propia de los niños en vacaciones. De pronto sienten que se les cae el mundo encima, añoran aquella calma y el silencio, casi sepulcral que quedaba en la casa cuando los niños se iban a la escuela.

Sin embargo, para eso se inventaron los campamentos de verano, son un magnífico espacio no sólo para entretener a los niños durante el ocio, sino es la oportunidad de desarrollar su creatividad pues la mayoría de los campamentos ofrecen actividades divertidas, entretenidas y que fomentan de alguna manera la creatividad, otros ofrecen actividades físicas como natación, golf, tenis y otros deportes; de cualquier manera, los niños necesitan jugar, es lo propio en su edad, el juego llena todos los espacios de su vida infantil.

Lo grave es que, en estos tiempos de videojuegos, muchos niños han perdido la posibilidad de los juegos al aire libre e incluso de los deportes, prefieren permanecer en casa con sus computadoras jugando al “fort nite” o algún otro similar y como se pueden conectar varios a la vez, de esa manera establecen la “comunicación” con otros niños. Aquí cabría analizar la situación: ¿Realmente hay comunicación cuando juegan? ¿Se le puede llamar comunicación a ese diálogo sobre el juego? Lo grave es que cuando finalmente se ven cara a cara en la escuela o el colegio, la conversación gira en torno al juego pendiente desde el día anterior. De alguna manera han encerrado su mundo en esa cúpula del juego.

Por eso los campamentos de verano pueden ser una magnífica opción para alejarlos un poco de las computadoras, sacarlos al aire libre y ponerlos a practicar algún deporte o juego y si están bajo techo, a realizar alguna actividad manual que estimule su imaginación y creatividad. Pero sobre todo son buenos porque estimulan las relaciones interpersonales, hay contacto físico y no sólo virtual, pueden ver y hasta leer en las expresiones de sus amigos. Entonces las vacaciones se convierten en otra cosa, los niños recuperan la posibilidad de establecer relaciones verdaderas.

En nuestros tiempos, las vacaciones las esperábamos con ansia para poder jugar todo el día en la calle, en el llano, en los patios, bajo el sol, madrugábamos porque no queríamos perder un minuto de diversión, salíamos con la tabla de bate, la pelota de garras o si teníamos suerte una de hule y tocábamos a la casa de los amigos para pronto integrar el equipo de beis y nadie nos ganara el “campo” que no era otro que algún baldío, algún llano, el futbol todavía no llegaba, imperaba el “Rey de los Deportes”, las bases las marcábamos con alguna piedra, tabla o garra vieja; no necesitábamos tenis especiales, la mayoría de las veces jugábamos descalzos, no sentíamos el calor de la tierra y los rayos de sol que caían a plomo no nos hacían nada.

En las noches, cuando se abrían las puertas y ventanas para que saliera el calor y entrara el aire fresco, le seguíamos al juego, ahora al chicote, los encantados, las escondidas, a la burra bala, el bebeleche o avión; si teníamos una buena cuerda nos poníamos a saltarla jugando “al dos” o a “la bola”, todos revueltos niños y niñas, chicos y grandes, en esto las niñas nos superaban, no sé porqué los varones éramos más torpes para saltar, ¡ah!, pero para el trompo o el balero, incluso para el yo-yo éramos superiores.

Una vez al año, era tiempo de volar la güila o papalote, aprendíamos a fabricarlas con carrizo que cortábamos del río, papel de china, engrudo e hilo, sólo nos faltaba comprar el cordón con Lucas Vela o en la tienda de la esquina para volarla, llanos sobraban, casi no había alambres que obstaculizaran el vuelo y mandamos telegramas al cielo.

De todo esto se están perdiendo los niños de ahora, nuestra infancia fue maravillosa, no necesitábamos juguetes caros, nuestra imaginación creaba todo.

Casualmente, llevando a mi mujer con Lalito Dozal (Dr. Eduardo Dozal Carrillo, porque luego me regañan) nos acordamos de nuestros tiempos de niño y de nuestros juegos. De lo bien que la pasábamos, en fin, de una infancia sin parangón y que no cambiaríamos por nada con lo que sucede en estos tiempos.

Gracias amable lector por la gentileza de su atención, le deseo un magnífico fin de semana en familia, si puede enséñele a sus hijos o nietos a jugar de todo esto que platicamos hoy.

Cosas de mi pueblo y del otro lado Adolfo Mondragón

Ya llegué