El Mañana

viernes, 19 de abril de 2019

Jorge Santana
Desde el otro lado Jorge Santana

Viejos los cerros y reverdecen…

2 marzo, 2019

Me dicen que soy pesimistaal escribir, tal vez tengan razón. Siempre he pensado que soy realista, y la realidad no es muy linda que digamos. Nunca he entendido el por qué tratan de maquillar a la vida hasta dejarla irreconocible, como si toda mancha, toda imperfección, fuese algo tan terrible. Encuentro belleza en lo chueco, en lo cojo, en la mancha, en la herida, en la arruga, aparte de que la belleza es subjetiva, siempre he tenido una debilidad por lo indeseable. La primavera ya llegó a casa, uno no puede estar deprimido agusto y ser eso, pesimista, ya que por todos lados brota la vida, ametralla los ojos con su alegría boba somnolienta, las florecitas empiezan a sonreír como el que recién despierta después de un buen sueño y estira los brazos y sabe que tiene todos los recibos pagados. Tanta felicidad por todos lados es insoportable, pero así es la primavera, una insoportable explosión de vida que viene a zarandear a los gruñones como yo. Acaban de llegar a casa a poner unos minisplits, así estar listo para el calor que a nosotros nos llega en primavera y dura hasta diciembre. Esta casa vieja y sus paredes de medio metro de grosor pusieron de cabeza a los instaladores, que taladraban y taladraban y se rascaban la cabeza al no ver el fin, era algo hasta místico. Me duele hacerle agujeros a la casa, más de los que ya tiene, herirla más pues. Todo el tiempo mientras perforaban la casa, tocaba las paredes y le pedía perdón muy quedito, no queriendo me oyeran y me les hiciera aún más raro hablando solo. Me siento un tanto mal, me he vuelto tan parte de estas cuatro paredes, este refugio de ermitaños abstractos, que siento lo que la casa siente, cada martillazo, retumba en mi estómago como una mala noticia. Trepado en uno de los techos de la casa de éste primer sábado de marzo, mientras superviso a los del aire, veo al arce canadiense, un árbol que me obsequiaron y me da mucha lata porque va creciendo demasiado lento y es torpe y frágil. Le pongo abono y mucha agua y ahí la lleva, pero en el otoño cuando se caen las hojas de sus flacas ramas, pienso se secará. Siempre me sorprende, como hoy, que de nueva cuenta empieza apenas a verse un ligero brote. Sigue vivo, sobrevivió el invierno, sigue aquí. Un día así yo no volveré y ustedes tampoco, habrá una primavera en que no volvamos, en que ya no brotemos, en que ya no salgamos del invierno como desconcertados buscando qué comer. Un día no volveremos, alguien estará al pendiente como yo del arce canadiense a ver si sobrevivimos, seguramente el benefactor de nuestro seguro de vida o de la pensión…Ni modo, querido y no tan querido lector, dicen los que dicen, que no nos queda de otra. jorgesantana1@gmail.com

Desde el otro lado Jorge Santana

Quisiera