El Mañana

domingo, 22 de septiembre de 2019

Catón
De política y cosas peores Catón

Visita incómoda

25 junio, 2019

Terminó el trance de erotismo en el Motel Kamagua y la chica se echó a llorar desconsoladamente. “¡No supe lo que hacía!”, gimió contrita y tribulada. “Pienso que sí lo sabías -acotó el galán-. Lo hiciste bastante bien”… La esposa de Astatrasio le dijo: “Anoche venías borracho”. Preguntó el temulento: “¿Cómo lo sabes?”. Explicó ella: “Besaste al reloj de pedestal y a mí me querías dar cuerda en una bubis”… Jamás olvidaré a Horacio Flores Méndez, Lacho. Era locutor de radio en mi ciudad. Bajito de estatura, delgadito, se agigantaba ante un micrófono por su sonora voz, tanto que parecía que iba a romper con la cabeza el techo, como en el cuento de la planta de frijol que llegó al cielo. Yo era muchachillo de 10 años, deslumbrado por la magia de la radio, y Lacho me permitía acompañarlo en la cabina mientras trabajaba, y me regalaba las agujas con que se tocaban los discos de 78 revoluciones por minuto. Un día llegó a Saltillo el presidente Miguel Alemán. Tenía un gran carisma -todos los veracruzanos tienen un gran carisma- y yo seguí a paso veloz el convertible azul en que hizo el recorrido desde la entrada a la ciudad hasta el hotel en que lo alojarían. Había en las calles arcos triunfales: el del Ayuntamiento, cubierto con hermosos sarapes de Saltillo; el de don Guibert Verástegui, talentoso industrial, con un gran chorro de agua impulsado por una bomba hidráulica de su invención; el de La Forestal F.C.L., hecho con ixtle traído por los campesinos del desierto. Terminado el desfile me vi lejos de mi casa, cansado y sin los 5 centavos que costaba el pasaje en el autobús. Pensé en el largo y fatigoso trayecto que me esperaba. En eso pasó Lacho en el camión que llevaba a los reporteros de la prensa y radio. “¡Lacho! -le grité-. ¡Dame un cinco!”. Echó mano al bolsillo y me arrojó una moneda. La recogí. Eran 20 centavos. ¡Un tesoro! Tuve para el autobús y para ir al cine aquella tarde. Me viene a la memoria ese recuerdo porque en aquellos tiempos los gobernadores anhelaban con ansiedad que el Presidente de la República visitara su Estado. Eso no sólo era una distinción para ellos: era también una magnífica oportunidad para pedir al Señor Presidente apoyos económicos a fin de hacer obras de beneficio comunitario. El “Primer Magistrado” invariablemente concedía esas ayudas. Ahora, me temo, los gobernadores que no son de Morena temen la visita del Presidente en vez de desearla… El nuevo párroco del pueblo habló con la pareja de ancianitos al terminar la misa. “Me han conmovido ustedes -les dijo emocionado-. Es muy raro el caso de una pareja que a pesar de los años se sigue amando como el primer día, y vi que ustedes estuvieron tomados de las manos todo el tiempo”. Explicó la viejita: “Padre: si no le tomo las manos este tal por cual le agarra las nachas a la mujer que tiene más cerca”… El doctor Ken Hosanna examinó a su paciente, un viejo ricachón de nombre don Pecunio. “Dígame, doctor -preguntó con angustia el valetudinario-. ¿Estoy tan mal como me siento?”. “Tranquilícese -respondió el facultativo-. Todavía dará usted muchas alegrías a sus hijos y a sus nietos”. “¿De veras, doctor?” -exclamó el vejancón lleno de esperanza. “Sí -confirmó el médico-. Cuando lean su testamento”… En el campo nudista le dijo él a ella: “Mírame a los ojos, Edalvina. Así sabrás que lo que siento por ti es verdadero amor”. “Mejor te miraré otra parte -replicó la muchacha-. Así sabré si lo que sientes por mí no es sólo deseo”… La señora de la casa reprendió severamente a la criadita soltera, pues salió con la novedad de que estaba embarazada. La muchacha se defendió: “¿A poco usted no tuvo hijos?”. “Sí los tuve-replicó la señora-. Pero todos son de mi marido”. Remachó la criadita: “Éste también”… FIN.