El Mañana

martes, 23 de abril de 2019

Guadalupe Loaeza
Artículo Guadalupe Loaeza

#YoTambién

10 abril, 2019

¿Qué pasa con los psicoanalistas que abusan de sus pacientes? ¿Qué les pasa a las pacientes abusadas por su psicoanalista? ¿Qué pasa si el psicoanalista permite perversamente que se desboque la transferencia de su paciente en lugar de manejarla con ética y profesionalismo?

Gracias a #MeToo, desde hace unas semanas nos hemos enterado de abusos y agresiones sexuales en contra de mujeres supuestamente cometidos por músicos, escritores, periodistas, creativos, académicos, investigadores, pero que yo sepa aún no se han denunciado abusos de psicoanalistas perversos.

¿Qué nos pasa a las mujeres víctimas de estos casos que aun teniendo pruebas no nos atrevemos a denunciarlos, ya sea por temor a afectar a nuestra familia, porque sucedió hace muchos años o porque todavía quedan restos del involucramiento psicológico?

¿Cómo, entonces, no aprovechar este movimiento para hacerlo de una vez por todas y de este modo convocar a otras víctimas para que denuncien? ¿A quién recurrir?, ¿a las feministas, a algún periodista, a alguna de las sociedades psicoanalíticas o simplemente denunciarlo a través de un tuit? ¿Anónimo o personalizado?

Dice la periodista Blanche Petrich que los mecanismos de defensa no siempre funcionan, ella cree en la fuerza de la denuncia, incluso aunque sea anónima: “En el periodismo, sin el recurso del ‘off the record’, el reservarnos la identidad de una fuente, el manejar profesional y responsablemente alguna filtración, el periodismo de denuncia, sobre todo en ámbitos de tanta corrupción y violencia como es el mexicano, no existiría”.

Sea una denuncia anónima o no anónima, lo importante es denunciar. He allí el asunto el cual, desde hace unas semanas, no deja de darme vueltas y más vueltas en la cabeza.

El año pasado, en Navidad, llegaron a mis manos varios tomos de un diario que sostuve durante la terapia que duró muchos años. Todos estaban dedicados al psicoanalista, debido a la transferencia que provoca cualquier psicoanálisis.

Según la Wikipedia, una transferencia es un concepto muy complejo el cual se puede dividir en tres aspectos: 1) La función psíquica mediante la cual un sujeto transfiere inconscientemente y revive, en sus vínculos nuevos, sus antiguos sentimientos, afectos, expectativas o deseos infantiles reprimidos, hacia otra persona; 2) Específicamente, la herramienta fundamental con la que cuenta el analista (S. Freud, 1915), condición necesaria para poder conducir el tratamiento; y 3) La neurosis de transferencia, descrita por Freud como momento prínceps del tratamiento, en el que todos los elementos de la neurosis son actuados en presencia del analista.

Esto, naturalmente, yo no lo sabía; sin embargo, el psicoanalista sí lo sabía, no obstante jamás me habló de esta pantalla, en donde yo proyectaba mis “antiguos sentimientos, afectos, expectativas o deseos infantiles reprimidos”, hacia él, es decir él fungía en el tratamiento como mi padre, madre, marido, hermanos, novios, etc. etc.

Mientras más le escribía mis fantasías y mis deseos, más me estimulaba de una forma muy perversa para alimentar su ego, su machismo, pero sobre todo, su poder sobre mí.

Entonces yo tenía 28 años y me encontraba muy confundida. ¿Cómo era posible que el psicoanalista prosiguiera desvirtuando la terapia si en mis escritos quedaba muy clara esa búsqueda de una autoestima que estaba por los suelos? ¿Dónde estaba su ética, donde su profesionalismo y dónde su preocupación por la salud mental de su paciente?

En esa época tenía dos sesiones por semana, lo cual representaba, además, mucho dinero. En otras palabras, le pagaba para fortalecer su vanidad y su perversidad. He de decir que yo ya había escuchado que el psicoanalista “se acostaba” con muchas de sus pacientes, curiosamente, la mayoría eran ex alumnas del Colegio Francés, señoras jóvenes, cándidas, vulnerables y con dinero. ¿Quién iba a decir que terminaría yo siendo una más de sus víctimas?

Por último, he de decir que he hablado muchas veces sobre el tema, con mi marido y siempre me dice: “¡denúncialo!”. Gracias a su apoyo, finalmente me animé a hacerlo.

A pesar de todos los años que han pasado, el daño moral ya está hecho. No me quiero imaginar cuántas pacientes de cuántos psicoanalistas han padecido este tipo de acoso sexual.

Ojalá se animen a denunciarlo para que no siga sucediendo, de lo contrario, será mi voz otra más en el vacío… A ellas las invito a crear un hashtag en las redes que diga: #MeTooPsicoanalistas.

gloaezatovar@yahoo.com

Artículo Guadalupe Loaeza

Perdón