El Mañana

domingo, 15 de diciembre de 2019

Cultura 26 febrero, 2019

Proyecta con equidad

Aravena afirma hallar su inspiración en la calidad de vida de las personas que viven en los proyectos que diseña

Cortesía

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Por Agencia Reforma

Cd. de México.- De un tiempo hacia acá, al arquitecto chileno Alejandro Aravena se le mira, insistentemente, como un símbolo de la arquitectura con conciencia social, transformadora de vidas. El Premio Pritzker que le fue concedido en 2016 no hizo más que acrecentar esta fama.

Ha proyectado colegios, facultades, torres y parques en Chile, Estados Unidos, México, China y Suiza, pero a Aravena (Santiago de Chile, 1967) se le recuerda, particularmente, por sus viviendas de interés social. El acento en este aspecto, según explica él mismo, debe leerse con cuidado.  

“Lo de social lleva implícito una especie de superioridad moral que jamás, ni por un segundo, ha sido la manera de explicar por qué hacemos los proyectos que hacemos”, define en un cuestionario respondido a REFORMA. “La vivienda social que hemos tratado de mejorar y que puede explicar esa denominación, si algo tiene, es que es una pregunta difícil que requiere ‘calidad’ más que ‘caridad’ profesional”.

Las viviendas de interés social de Aravena, usualmente realizadas con una colaboración estrecha con sus beneficiarios, buscan romper con la inercia que hace que, con dolorosa regularidad, los hogares de los más desfavorecidos terminen depreciándose con los años.

“Mejorar la calidad de vida de las personas que viven en los proyectos que uno diseña es la razón por la que uno va todos los días a trabajar, y eso en verdad es casi la definición de arquitectura: dar forma a los lugares donde la gente vive. No es más complicado que eso, pero tampoco más fácil que eso”, expone el arquitecto, quien en marzo participará el festival Mextrópoli de la Ciudad de México.

A partir de esta razón de ser, Aravena y su estudio, Elemental, desarrollaron el principio de “incrementalidad”, que así explica: “Hagamos ahora lo más difícil para la familia y permitamos que la vivienda alcance su potencial de clase media (72 metros cuadrados) en el tiempo”.

Esto quiere decir que, para combatir los escasos recursos con los que se cuentan al proyectar estos desarrollos, lo que hace el arquitecto es construir viviendas dignas, funcionales, donde lo básico quede construido y, por su propio diseño, la casa permita ser aumentada por los años a partir de los recursos de sus ocupantes.

“En la vivienda social, los éxitos y las mejoras son relativos, no absolutos. Cuando se acepta trabajar en el marco de restricciones de las políticas públicas, se trabaja para que sea mejor respecto de no haber hecho nada o de lo que el mercado hace en general siguiendo otros intereses”, advierte.

En su primer proyecto para el Gobierno chileno, recibió un subsidio estatal de 7 mil 200 dólares y 300 dólares de ahorro de cada familia, con lo que construyó casas de 36 metros cuadrados.

A 15 años de entregadas, explica, algunas familias pudieron venderlas de vuelta por 70 mil dólares, transformando así su inversión inicial.

Desde su tiempo en la Pontificia Universidad Católica de Chile, Aravena ya reconocía parte de la vocación que, con el tiempo, guiaría su práctica, como cuando en el tercer año le pidieron realizar una casa unifamiliar.

“Para desplegar el ‘potencial creativo’ del proyecto, había una especie de supuesto implícito que consistía en tener un ‘cliente culto’, un escultor, un cineasta o un filósofo, que ‘obligara’ a la calidad de la arquitectura. Y a mí me parecía que se trataba exactamente de lo contrario”, relata.

Se decidió por elegir como cliente a un conocido de su padre, quien le ayudaba con cosas de la casa y cuya ambición de vivienda consistía exclusivamente en tener un lugar para guardar su taxi en interiores y tener un refrigerador en la sala, como signo de estatus.

“Me interesaba ver qué tenía todo eso que ver con Heidegger y Hölderlin y toda la ‘alta cultura’ que en la universidad se esperaba formara parte de un discurso arquitectónico ‘con nivel’.

“Esa tensión entre la arquitectura como objeto cultural, expresión de un estado alcanzado por una civilización y la arquitectura como servicio público, capaz de desaparecer en el rabillo del ojo y simplemente albergar nuestra vida cotidiana, es algo que hasta el día de hoy guía nuestros proyectos en Elemental”, reflexiona.

Muchos de esos valores confluyen ahora en uno de sus encargos más ambiciosos: un edificio-puente que conectará el Barrio 31 de Buenos Aires, una colonia popular, con el Parque Thays, en Recoleta.

El edificio, que fungirá como sede del Banco Interamericano de Desarrollo, ofrecerá un pasaje de 6 mil metros cuadrados de áreas verdes para que los habitantes del Barrio 31 puedan acceder a nuevas posibilidades económicas y laborales.

“Debe ser uno de los proyectos más desafiantes que hemos hecho y, a la vez, uno en que con mayor claridad se aprecia la capacidad de la ciudad de ser un atajo hacia la equidad. Es un proyecto de infraestructura, de transporte, de espacio público y de arquitectura institucional que es una de las claves para enfrentar la ciudad del futuro: el paso del sectorialismo (operación en silos aislados) a proyectos transversales”, explica Aravena.

En Mextrópoli, que arranca el 9 de marzo bajo organización de la revista Arquine, Aravena hablará sobre proyectos recientes como éste y presentará un libro sobre su trabajo que editaron Lars Müller y Arquine.