El Mañana
Nuevo Laredo 23 febrero, 2020

RECORDANDO A: Sheila Glassford, una reina impecable

Su hospitalidad iba más allá de la formalidad, ella realmente acogía. Quien se sentaba en su mesa era parte de la familia

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Por ISABEL MONCADA

Su mirada como un mar azul hablaba de paz y fuerza con la grandeza de un alma serena.

Sheila Glassford, me cuesta trabajo hablar de ella en pasado, por que aun está presente. Su aura llenaba el lugar, sin embargo no ejercía un protagonismo histriónico, se desenvolvía con porte y cautela. Su esencia era como el coral y el color que mas le gustaba, relucía con un brillo discreto, cálido, un naranja atenuado, un rojo suave. Una especie de marfil dentro del mar, pulido por la sal y arena, coloreado por el sol y forjado por el tiempo.

Su sonrisa franca hablaba de su generosidad. Celebraba cada tradición echando la casa por la ventana y lo hacía bien por que lo disfrutaba. Fiel a su iglesia, mostraba su gratitud decorando el altar con flores de su jardín.

En sus acciones se manifestaba una fe genuina nítida, humilde. No hacía alarde de su devoción por que no había vanidad en ello ni tampoco dogma.

Últimamente se habla mucho de la espiritualidad, la venden en paquetes, la gente viaja al Tibet, se guardan en los ashrams, se visten de ideas místicas, pero para mi forma de ver, la riqueza del espíritu se mide por la capacidad de entrega, quien da de corazón tiene un espíritu inagotable. Dar es celebrar la vida, dar requiere valentía, es no tener miedo a perder, es sentir compasión, para saber dar hay que ser humilde, atreverse a morir en cada gesto, dar es orar en silencio.

“Dar hasta que duela” decía la madre Theresa de Calculta. Y Mss. Sheila daba en todas sus formas. Abría las puertas de su casa y de su corazón, nos recibía siempre con una mesa bien servida y bien vestida. Invitaba hasta a quienes no eran familia o no tenían dónde pasar las fiestas, nos alojaba a todos en su casa hasta que ya no cabíamos, con el refrigerador lleno y bebida para celebrar. Lo hizo así hasta enfermarse, hasta sus últimas fuerzas, dejó en eso el alma.

Su hospitalidad iba mas allá de la formalidad, ella realmente acogía. A quien se sentaba en su mesa lo hacía ser parte de la familia. Era una gran conversadora y maravillosa anfitriona, siempre presente, cálida, afectuosa, participando de la conversación, mostrando interés, abriendo sus enormes ojos, expresivos, profundos.

Tenía la mirada de quien entiende la vida, lúcida a sus 84 años, despierta, con sus cinco sentidos funcionando claramente, jamás perdió la cordura, ella era sensata, correcta y certera.

Una finísima persona, una mujer conservadora de corazón grande y amplio criterio, aceptaba a la gente sin prejuicios, respetaba sus ideas o posición política incluso en su misma familia. No la asustaban las modas radicales o las posturas alternativas, observaba la vanguardia con interés y apertura, no sé si así fue ella siempre, si su genuina fe la llevaba al entendimiento, o si la edad la fue dotando de sabiduría.

Ms. Sheila era toda una reina, su dignidad era impecable sin ser orgullosa, jamás aceptó un trato que la compadeciera, raramente pedía ayuda y nunca la escuché quejarse, era toda una dama, entera y valiente. A sus 85 años vivía sola pero no sufría la soledad, era muy independiente.

Hay una frase muy sabia que dice “la suavidad en el modo es la fuerza de la reina” y Ms. Sheila era una maestra del modo, su voz era suave y llena de dulzura. Y sin embargo no era una dulce abuelita, ella tenía su carácter bien plantado, me siento honrada de haberla llegado a ver haciendo valer su criterio con bastante ímpetu, como un mar en calma, con la capacidad de tornarse en tempestad, para luego con elegancia volver a ser una línea pacífica en el horizonte.

Los Glassford se quedan sin matriarca, pero su presencia seguirá en nuestros pensamientos y en todas las maneras en las que sus descendientes ya la contienen.


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