El Mañana

viernes, 19 de julio de 2019

Nuevo Laredo 6 mayo, 2019

Y ahora, ¿a qué jugarán los niños?

Pocos son los chamacos que salen a las calles para participar en un juego de antaño; quedaron atrás los trompos y las canicas

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Por Jorge Vargas

Enrique deja de lado su apurado caminar y se detiene a mirar al par de niños que jugaban con un trompo afuera del Hospital General. Sus preocupaciones por la salud de su hermana parecen querer dejarlo descansar unos segundos mientras uno de los chamacos, casi adolescente, hace piruetas y la afilada punta “sacachispas” en la banqueta.

Sin quererlo, Enrique se construye una máquina del tiempo de recuerdos y se ve a sí mismo apuntando su picoreta contra el trompo de su compañero del salón de cuarto año, allá en los años ochenta.

¿Porqué tenía que sacar la lengua mientras lanzaba la picoreta?, se pregunta.

Y de nuevo se llena de recuerdos, de cuando jugaba en pantalones cortos, con su nariz llena de gotas de sudor y el ardiente sol golpeando su “pelo de escobeta” con fuerza. Sin quererlo, se toma el cabello y comprueba que queda poco comparado con aquel entonces.

Se sumerge en recuerdos de cuando jugaba canicas, balero, trompo, yo-yo, bote volado, pin-pon, o cuando sus hermanas y sus amiguitas brincaban la cuerda y saltaban en un solo pie en el bebe-leche o avioncito.

Eran tiempos de salir a la calle a jugar, a correr, a moverse. La mayoría de los niños estaban “flacos” por el constante ejercicio al que sometían a su cuerpo.

Era común ver grupos de niños hincados en el suelo mientras uno de ellos cerraba su ojo izquierdo y apuntaba con firmeza hacia el “tirito” de agua (canica de vidrio) de su rival de juego. La idea era ganarle todas sus canicas, dejarlo “en la ruina” total.

También era común pasar cerca de un patio, entonces de tierra, y junto al naranjo, el durazno o el nogal, ver a niños jugar al pin-pon, cuando se ponía un palo más chico en medio de un hoyo y con el otro se lanzaba con fuerza mientras el rival intentaba atraparlo. Si no lo hacía, cada espacio del tamaño del palo mayor era un punto.

Las niñas no sólo brincaban la cuerda o jugaban al avioncito o bebe-leche, también se juntaban con los niños para jugar al bote volado, que era una lata de refresco o cerveza llena de piedritas… uno de los participantes lo lanzaba tan lejos como podía y otro debía recogerlo, regresar y colocarlo en un lugar visible, mientras los demás, escondidos, trataban de llegar y tocarlo… el primero tenía la opción de decir: “1, 2, 3 por mí y por todos mis amigos”, entonces a empezar de nuevo todo. Pero si el “castigado” llegaba primero al bote, el último en ser descubierto debía tomar su lugar.

“Ah…. ¡qué tiempos aquellos!”, recuerda de nuevo Enrique mientras se enfila a la farmacia a comprar medicamentos y un refresco… entonces, hasta los juegos eran parte de una vida mucha más sana.